—Aquí estoy, ¿no me ves?...

—¡Ah! sí: como estás vestido de sacerdote, no te había conocido... ¿De cuándo acá...?

De este modo llegó media noche. El delirio disminuía. El marido de mi prima parecía entrar lentamente en un período comático. Calló al fin, y su respiración anunciaba sosiego, quizás un sueño reparador. Por fin el médico, asegurando que no había peligro inmediato, se despidió hasta la mañana siguiente. Villalonga se fué también. El marqués de Cícero, que estaba en el despacho leyendo periódicos delante del busto de Shakespeare, díjome que no tenía sueño; que se quedaría hasta las tres ó las cuatro, si me quedaba yo, y poco después Eloísa invitaba á él y á su señora hermana á tomar un emparedado, un poco de Burdeos y una taza de té. En el comedor les ví á eso de la una cenando silenciosos. Yo no tomé nada.

III

A pesar de las seguridades que dió el bueno de Zayas, yo no las tenía todas conmigo. Temía, más que la renovación del ataque de nefritis, un brusco estallido de las complicaciones vasculares y encefálicas. Aunque Eloísa me instó á que me acostase, no quise hacerlo. Ella también estaba inquieta. Acordamos velar ambos, cargando juntos aquella espantosa cruz, como nos lo ordenaba la fatalidad de los hechos. El marqués y su hermana se fueron al despacho, donde se entretenían, ella rezando el rosario y él leyendo. Sería la una y media cuando Eloísa y yo volvimos á ponernos en triste centinela, cada cual á un lado del lecho del enfermo. Así estuvimos largo rato oyendo sólo el rumorcillo del reloj de la chimenea, que arrojaba los desmenuzados espacios de tiempo como la clepsidra chorrea las arenas que caen para siempre. Observábamos el cadencioso, reposado aliento de Pepe, y al menor sonido que se pareciese á la emisión de una sílaba, nos entraba sobresalto y azoramiento. Creíamos que nos iba á decir algo aterrador con la solemnidad que es propia de labios moribundos. De improviso abrió el infeliz los ojos; miró á su mujer, cual si no estuviera seguro de quién era; volvióse después hacia mí, y en tono tranquilo que revelaba completa posesión de sus facultades intelectuales, me dijo estas palabras:

—Haz el favor de mandar que venga un cura. Quiero confesarme.

Dijímosle que su estado no era para tanto, y él insistió en que sí lo era con tal energía, que no quisimos contrariarle.

—Esta noche me moriré —exclamó con una serenidad que nos dejó pasmados—. Esta noche se acabará esta vida que he deseado fuese útil, sin poderlo conseguir. Y no creáis que estoy afligido. Me muero resignado. ¿Qué soy yo en el mundo? Nada. Soy un cero que padece y nada más. La mayor parte de los que vivimos, ceros somos, y mientras más pronto se nos borre, mejor.

Le respondimos á duo las primeras simplezas que se nos ocurrieron.

—¡Qué cosas tienes! No digas tonterías. Si estás bien...