—Que se te quite eso de la cabeza.
Y siempre más atento á mí que á los demás, ¡preferencia increíble!, repitió su demanda:
—José María, tú que eres tan amable, tan complaciente, tráeme un cura. Mira que esto va de veras, y tengo en mi conciencia cosas que quisiera dejar aquí. Si no me confieso, sobre tu conciencia va; y si me condeno, carga con la responsabilidad... Soy cristiano, deseo cumplir. José María, Eloísa, sed amables, traerme un confesor.
Estas palabras tenían una solemnidad que en vano queríamos quitarle, atribuyéndolas á delirio de enfermo. En las miradas de Eloísa conocí que ésta las interpretaba como desvarío de un cerebro alterado. A su vez, ella debió de conocer en las mías que yo entendía aquellos conceptos de otro modo, y pronto cambió la expresión de su rostro. La ví queriendo disimular alguna lágrima que se le saltaba de los ojos; y el marido, notando esta emoción, le dijo:
—Ni tú, pobrecita, ni Celedonio, servís para estos lances. Más vale que os retiréis.
Insistió luego en que le trajésemos al confesor; dijímosle que al día siguiente, y él contestó con cierto énfasis:
—No, no: ahora mismo. Mañana ya no habrá tiempo.
Serían las dos cuando enviamos el recado á la parroquia de San Lorenzo.
El cura tardó una hora en venir, y en este tiempo Carrillo siguió en el mismo estado, más bien con apariencias de mejoría. Hablaba alternativamente con su mujer, con Celedonio y conmigo, mostrándonos á los tres un cariño fraternal que, por la parte que me tocaba, no he podido explicarme nunca. La confesión fué larga. Mientras se verificaba, Eloísa y yo convinimos en que la ceremonia del Viático se celebraría al día siguiente con gran pompa, con asistencia de toda la familia y de los parientes y amigos de la casa. Acordamos en breve discusión algunos detalles. Se haría un bonito altar y se traería la mayor cantidad posible de hachas y plantas de salón. Tanto ella como yo queríamos que este acto piadoso tuviera muchísimo lucimiento. Ocurriónos también impetrar la bendición papal, y yo indiqué que por mediación de mi tío y del general Chapa, que eran amigos del Nuncio, se podía conseguir, costara lo que costase.
Cuando salió el cura de la alcoba, le acompañé al comedor, donde estaba dispuesto un chocolate, que no quiso aceptar. Tenía que decir misa á las ocho. Fumamos un cigarrillo, y él, fijando en mí sus ojuelos sagaces (era viejo y muy curtido en aquellos lances), pronunció estas palabras que me parecieron impertinentes: