—Ese buen señor es un mártir.
—¡Un mártir, sí! —repetí yo como si dijera amén.
Aún me parecía poco, y lo remaché:
—¡Es un santo!
Entonces el clérigo, echándome una rociada de humo, y mirándome como si me atravesara de parte á parte con sus ojos, exclamó:
—¡Dichosos los que no temen la muerte, porque están puros!
Iba yo á soltar una sentencia análoga; pero creí más correcto no decir nada, y le devolví su humo mezclado con el mío. Después de una pausa, los ojuelos volvieron á flecharme. Creí sorprender no sé qué tremenda ironía en aquel intruso forrado de negro, cuando me dijo:
—¿Es usted hermano de la señora?
De buena gana le habría respondido: «¿Y á tí que te importa, tontín, que yo sea hermano de la señora, ó lo que se me antoje ser de la señora?» Pero este terrible disparate no salió de mis labios.
—No, señor —le respondí, tragándome el humo—. Soy... de la familia.