Pronunció luego el dichoso clérigo algunas palabras consoladoras, de las de rúbrica, y se despidió. Le acompañé hasta la puerta. Ya tenía yo muchas ganas de perderle de vista.

Carrillo me mandó llamar. Estaba impaciente por tenerme á su lado, y tal vez quería decirme algo importante. En el gabinete que precedía á la alcoba ví á Eloísa sentada en una butaca, inclinada la cabeza y el rostro entre las manos. Lloraba en silencio. Creí de pronto que durante el tiempo que yo estuve con el cura, mi prima y su marido habían cambiado algunas palabras; pero después supe por ella que no. La solemnidad y gravedad de las circunstancias, la compasión, el temor religioso, la importancia del acto que su marido acababa de realizar, habíanla impresionado enormemente. No se atrevía á franquear la puerta de la alcoba. Sentía pavor, respeto, vergüenza, no sabía qué.

Entré, y acercándome al lecho, advertí que el enfermo estaba sereno; sólo que tenía la voz tomada, y alrededor de los ojos un cerco obscuro, muy obscuro.

—Si vieras qué tranquilo estoy ahora —me dijo con cariño—. Tú no lo creerás, porque eres irreligioso. Tampoco creerás que tal como estoy no me cambiaría por tí.

Le contesté, después de mucho vacilar y confundirme, que, en efecto, la vida humana era una broma pesada, y que cuanto más pronto se libre uno de ella, mejor. Él dijo que una hora de conciencia pura vale más que mil años de salud y de ventura, con lo que me mostré conforme, aunque sobre ello parecíame que había mucho que hablar. Le insté á que descansara, dejando las reflexiones morales para el día siguiente; pero él no quiso, y siguió hablándome del estado felicísimo en que se encontraba.

—Créeme, José María —me dijo dos ó tres veces—, te tengo lástima como se la tengo á todos los que viven sin fe. Enmiéndate, corrígete. No des importancia á lo que no la tiene.

Y mirando al techo, exclamó después con expresión de indescriptible júbilo:

—¡Qué gusto poder decir ahora: no he hecho mal á nadie!

No le respondí. Pero los pensamientos me congestionaban el cerebro. Ocurriéronme tantas cosas, que habría necesitado una resma de papel si intentara escribirlas. Si por instantes admiraba aquella conformidad hermosa, á veces me ocurría que Carrillo faltaba á la verdad al sostener que nunca hizo mal á nadie, pues se lo había causado á sí mismo en grado máximo; jamás tuvo la estimación de su propio sér, fundamento de la vida social; había sido un suicida civil, y no se redimía, no, echándoselas de místico á última hora. Protestaba yo de aquel estado de perfección en que se suponía, y me venían al pensamiento ideas crueles, despiadadas, absurdas quizás, en las cuales algo había de envidia, algo de venganza; pero que entonces me parecían fundadas en el criterio de la eterna justicia. «No —decía yo para mí, inquieto y trastornado—, no te hagas el santo. No lo eres, porque no has combatido, porque no es virtud la falta absoluta de energía, tanto para el mal como para el bien. No nos hables de gozar la bienaventuranza eterna. Sí: para tí estaba el Cielo. Si quieres salvarte, dí que me has aborrecido y que me perdonas... Matándome, nos habríamos condenado juntos. Pero no has tenido ni siquiera la intención de ello, y me estrechas la mano y me llamas amigo... ¡Ah! miserable cero: no me llevarás contigo al Limbo, que va á ser tu morada... ¿Qué casta de hombre eres? ¿Son así los ángeles? Pues reniego de ellos...»

Estos y otros desatinos me bullían en la mente. Para acabar de marearme, Carrillo me dijo: