—Procura conducirte de modo que cuando te mueras, estés tranquilo como yo ahora.

No pude vencerme y se me escapó una sonrisa. Quise recogerla; pero las sonrisas, como las palabras, no se pueden recoger. Él la tomó por expresión de lástima, y afirmó que se sentía muy bien, mejor que yo, y, sobre todo, mucho más tranquilo. No le respondí sino con el pensamiento, diciéndole: «Esa tranquilidad desabrida para nada la quiero. ¡Morirse sin haber querido ó sin haber odiado á alguien! ¡Morir sin despedirse de una pasión, sin tener alguien á quien perdonar, algo de que arrepentirse! ¡Sosa, incolora y tristísima muerte!»

Después pareció que escuchaba. Ponía su atención en los sollozos de Eloísa.

Esa pobre —murmuró con afabilidad que me causaba pena— está pasando sin necesidad una mala noche. Dile que se acueste. Acompáñala, consuélala; no la dejes que se entregue al dolor.

Salí para cumplir este encargo. Pero ella no me hizo caso, y continuaba en el mismo sitio. Al poco rato, Carrillo empezó á mostrar gran inquietud. Me alarmé. Entre Celedonio y yo le incorporamos en el lecho. Quiso hablar y no pudo; llevóse una mano á los ojos... Gemidos roncos salían de su garganta. Acudió su mujer, afanada, secando sus lágrimas. Entonces, de la boca del desdichado ví salir alguna sangre; después más, más. Ni él hacía esfuerzos para lanzarla fuera, ni parecía experimentar dolor. No la arrojaba él; ella se salía serenamente como el agua que afluye hilo á hilo del manantial. ¡Momento de consternación en las tres personas que presenciábamos aquel fin de una vida! Fué tan rápida y tan grande la descomposición del rostro de Pepe, que Eloísa se impresionó mucho. La ví aterrada, próxima á perder el conocimiento.

—Vete —le dije—, vete de aquí.

Pero su propio terror la clavaba en aquel triste lugar. Entró Micaela y le ordené que se llevara á su señora. La doncella le rodeó la cintura con su brazo, y la que muy pronto iba á ser viuda salió, tapándose los ojos. El marqués de Cícero, que había entrado de puntillas, huyó despavorido, con las manos en la cabeza.

Cuando Celedonio y yo nos quedamos solos con el moribundo, éste me echó los brazos, uno al cuello, otro por delante del pecho, y apretóme tan fuertemente que me sentí mal. Me hacía daño. ¿Qué fuerza era aquélla que le entraba en el instante último, al extinguirse la vida?... Pasó por mi mente una idea, como pasan las estrellas volantes por el cielo. «¡Ah! —pensé—, aquí está al fin ese odio que te rehabilita á mis ojos. La última contracción del organismo que se desploma es para expresarme que eres, que debes ser mi enemigo...» Luego oprimió su rostro contra mí, y de su boca salió un bramido fuerte, profundo, que parecía tener filo como una espada... Creí sentir un dardo que me atravesaba el pecho. Con aquel gemido se acabó su desdichada vida... Le miré la cara, y en sus ojos vidriosos ví cuajada y congelada la misma expresión de amistad leal que me había mostrado siempre... No, ¡pobre cordero! no me odiaba... Costóme trabajo desasirme del abrazo de aquel inocente que quería sin duda llevarme consigo al Limbo.

IV

¡Qué noche! Cuando todo concluyó, salí de la alcoba, deseando quitarme pronto la ropa, que estaba manchada de sangre. En el pasillo me ví á la claridad del día, que entraba ya por las ventanas del patio, y sentí un horror de mí mismo que no puedo explicar ahora. Parecía un asesino, un carnicero, qué sé yo... Salióme al encuentro Micaela, la doncella de Rafael, que me tuvo miedo y echó á correr dando gritos. La llamé; preguntéle por su ama. Díjome que estaba en el cuarto del niño. En tanto Celedonio, los ojos llenos de lágrimas, me hacía señas para que volviese al gabinete, y me dijo entre sollozos que me sacaría ropa de su amo para que me mudase. La idea de ponerme sus vestidos me causaba un sentimiento muy extraño: no sé qué era; mas hallábame tan horrible con la mía, que acepté. Púseme á toda prisa una camisa, un chaleco de abrigo y una bata corta del muerto. Pero deseando vestirme con mi ropa, mandé á Evaristo á casa para que me la trajera.