En los días sucesivos la calma se fué restableciendo poco á poco, y el consuelo introduciéndose lentamente en el espíritu de todos. Camila era la más rebelde, y defendió por algunos días su dolor. El vacío no se quería llenar. La soledad misma en que había quedado érale más grata que la compañía que le hacíamos los parientes, y huía de nuestro lado para volver sobre su pena á solas. Por fin, los días hicieron su efecto. La veíamos ocupada y distraída con los menesteres de la casa, y al cabo atendiendo con cierto esmero á engalanar su persona. Este síntoma anunciaba el restablecimiento. La ví con placer recobrar su gallardía, su agilidad pasmosa, y el vivo tono moreno y sanguíneo de sus mejillas. La salud vigorosa tornaba á ser uno de sus hechizos, volviendo acompañada de aquel humor caprichoso y voluble, que era la parte más característica de su persona. Resucitaba con sus defectos enormes; pero se engalanaba á mis ojos con una diadema de altas cualidades que, á más de hacerse amables por sí mismas, arrojaban no sé qué fulgor de gracia sobre aquellos defectos.
Tratábame con familiaridad jovial, exenta de toda malicia. La afectación, esa naturaleza sobrepuesta que tan gran papel hace en la comedia humana, no existía en ella. Todo lo que hacía y decía, bueno ó malo, era inspiración directa de la naturaleza auténtica... Su trato conmigo era de extremada confianza, y solía contarme cosas que ninguna mujer cuenta, como no sea á su amante. Cualquiera que nos hubiese oído hablar en ciertas ocasiones, habría adquirido el convencimiento de que nos unía algo más que amistad y parentesco. Y, no obstante, no cabía mayor pureza en nuestras relaciones.
Mil veces, conociendo su penuria, hícele ofrecimientos pecuniarios; pero ella nunca aceptaba.
—No quiero abusar —decía—: bastante es que no te hayamos pagado la casa este mes, y que probablemente no te la pagaremos tampoco el próximo. Pero el trimestre caerá junto. Para entonces me sobrará dinero. No te creas, me he vuelto económica. Tú mismo me has visto haciendo números por las noches y estrujando cantidades para sacarme un vestidillo.
Y era verdad esto. Algunas noches me la había encontrado garabateando en una hoja de la Agenda de la cocinera, destinada á los cálculos. Por cierto que las apuntaciones de la tal hoja no las entendía ni Cristo. Eran un caos de vacilantes trazos de lápiz. Examinando aquellas cuentas, me reí más... Noté que los treses que hacía parecían nueves, y los infelices cuatros no tenían figura de números corrientes. Yo iba en su auxilio, porque comprendí, tras brevísimo examen, que Camila no sabía sumar.
—¿Pero qué educación te han dado, chiquilla?
Y ella me contestaba candorosamente:
—Ahora me la estoy dando yo misma. La necesidad obliga.
A veces me llamaba, me hacía sentar junto á la mesa del comedor y rogábame fuera apuntando las cantidades que ella me decía para sumarlas después. Con cuánto gusto lo hacía yo, no hay para qué decirlo. Cuando era ella quien trazaba los números, hacía muecas con los labios, como los chiquillos cuando están aprendiendo palotes.
—Ya, ya me voy jaciendo —decía con gracia.