Por fin, salía del paso y hallaba la suma exacta. Los progresos, bajo el espoleo de la necesidad, eran rápidos y seguros. Eloísa también era poco fuerte en cuentas gráficas, enfilaba mal las columnas, sacaba unas sumas disparatadas; pero de memoria hacía prodigios. Más de una vez me quedé absorto viéndola sumar cifras enormes sin equivocarse ni en una unidad. Había adquirido el hábito de calcular de memoria. Camila, en cambio, no daba pie con bola sin ayuda del lapicito, un sobado pedazo de madera negra que apenas tenía punta.

—Ya me podías regalar un lápiz —me dijo un día.

Le llevé un lapicero de oro.

Y volví á rogarle me confiara su situación económica, que, por ciertos indicios, conceptuaba poco desahogada. Doña Piedad, su suegra, se había reconciliado con Constantino; pero las remesas metálicas eran escasas, y las en especie, como arrope, cecina, queso y azafrán, no suplían ciertas necesidades. Camila mostrábase siempre muy reservada conmigo en este capítulo de sus apuros. Un día, no obstante, debió de causarle apreturas tan grandes la insuficiencia de su presupuesto, que se resolvió á hacer uso de la generosidad que yo le ofrecía. Observéla aquella tarde un poco seria, inquieta; pero no hice alto en ello. Estaba yo leyendo el periódico militar de Constantino, cuando se acercó á mí despacito por detrás de la butaca. Inclinóse y sentí en mi rostro el calor del suyo. Híceme el distraído y oí como un susurro. Bien podía creer que mi ruido de oídos me fingía esta frase:

—José María, me vas á hacer el favor de prestarme dos mil realitos.

Pero no era el moscón de mi cerebro: era ella la que me hablaba. Luego soltó una carcajada, repitiendo la petición en tono más adecuado á su temperamento normal.

—Nada, nada, que me los tienes que prestar. Si no, por la puerta se va á la calle... No te creas, te los devolveré el mes que entra.

Me supo tan bien el sablazo, que casi casi lo consideré como una fineza, como una galantería. La verdad, si no hubiera andado por allí, entrando y saliendo á cada rato, el gaznápiro de Miquis, le doy un abrazo. Faltóme tiempo para complacerla. Si conforme me pidió cien duros, me pide mil, se los entrego en el acto.

II

Mi prima salía poco de su casa. Siempre que yo iba allí, la encontraba ocupada en algo: bien subida en una escalera lavando cristales, bien quitando el polvo á los muebles, á veces limpiando la poca plata que tenía ó los objetos de metal blanco. Cuando yo le decía algo que no le gustaba, solía responderme: