—Déjame en paz, hombre prosáico, prendero. Todo lo que hay aquí te pertenece. Trae mercachifles, vende, malbarata, realiza, hártate de dinero. Cogeré á mi hijito por un brazo y me iré á vivir á una casa de huéspedes...

—Con bromas no resolveremos nada. Si no quieres seguir el plan que te trace, dilo con nobleza, y yo sabré lo que debo hacer.

—Si lo que debes hacer es no quererme —respondió, sin abandonar las bromas—, humilla la cerviz... Te hablaré con franqueza. Dos cosas me gustan: tu individuo y mucho parné; tu señor individuo y mi casa tal como la tengo ahora. Si me dan á escoger, no tengo más remedio que quedarme contigo. Dispón tú.

—Pues dispongo que busquemos en la medianía el arreglo de todas las cuestiones, la de amor y las de intereses.

Dió un salto hacia donde yo estaba, y cayendo sobre mí con impulso fogoso, me estrujó la cara con la suya, me hizo mil monerías, y luego, sujetándome por los hombros, miróme de hito en hito, sus ojos en mis ojos, increpándome así:

—¿Te casas conmigo, mala persona? ¿De esto no se habla? De esto, que es el caballo de batalla, ¿no se dice nada? Para tí no hay más que dinero, y el estado, la representación social, no significan nada.

No sé qué medias palabras dije. Como yo no jugaba limpio; como lo que yo quería era romper con ella, no me esforzaba mucho por traerla á la razón.

—¡Ah! —exclamó seriamente, leyendo en mí—, tú no me quieres como antes. Te asusta el casarte conmigo, lo he conocido. El santo yugo te da miedo. No quieres tener por mujer á la que ya faltó á su primer marido y ha adquirido hábitos de lujo. Dudas de mí, dudas de poderme sujetar. La fiera está ya muy crecida, y no se presta á que la enjaulen. Dímelo, dímelo con sinceridad, ó te saco los ojos, pillo.

Su mano derecha estaba delante de mis ojos, amenazándolos como una garra. La obligué á sentarse á mi lado.

—Yo leo en tí —prosiguió—; me meto en tu interior, y veo lo que en él pasa. Tú dices: «Esta mujer no puede ser ya la esposa de un hombre honrado; esta mujer no puede hacerme un hogar, una familia, que es lo que yo quiero. Esta tía... porque así me llamarás, lo sé, caballero; esta tía no se somete, es demasiado autónoma...» Dime si no es ésta la pura verdad. Háblame con tanta franqueza como yo te hablo.