La verdad que ella descubría, desbordándose en mí, salió caudalosa á mis labios. No la pude contener, y le dije:
—Lo que has hablado es el Evangelio, mujer.
—¿Ves, ves cómo acerté?
Daba palmadas como si estuviéramos tratando de un asunto baladí. Yo me esforzaba en traerla á la seriedad, sin poderlo conseguir. Iba ella adquiriendo la costumbre de emplear á troche y moche expresiones de gusto dudoso, empleándolas también groseras cuando hablaba con personas de toda confianza.
—¿Quieres que nos arreglemos? Pues escucha y tiembla. Dame palabra de casamiento y no seas sinvergüenza... Me parece que ya es hora. Prométeme que habrá coyunda en cuanto pase el luto, y yo empezaré mi reforma de vida, me haré cursi de golpe y porrazo. Si ya lo estoy deseando... Si no quiero otra cosa... Tú editor responsable; yo señora que ha venido á menos: toma y daca, negocio concluído. ¿Te conviene? ¿Aceptas?
—¿Qué he de aceptar tus disparates? Lo primero es que te pongas en disposición de ser mi mujer. Tal como eres, no te tomo, no te tomaría aunque me trajeras un potosí en cada dedo.
Abalanzóse á mí como una leona humorística. Su rodilla me oprimió la región del hígado, lastimándome, y sus brazos me acogotaron después de sacudirme con violencia. Con burlesco furor exclamaba:
—¿Pues no dice este mequetrefe que no me toma? ¿Soy acaso algún vomitivo? ¿Soy la ipecacuana? ¡Qué has de hacer sino tomarme, tomador!... Y sin regatear, ¿entiendes? Y sin hacer muequecitas. Aquí donde usted me ve, señor honrado, soy capaz de llegar á donde usted no llegaría con sus miramientos ridículos de última hora. Soy capaz de rayar en el heroísmo, de ponerme el hábito del Carmen con su cordón y todo, de vivir en un sotabanco y de coser para fuera.
Mientras dijo esto y otras cosas, abarcaba yo con mi pensamiento, á saltos, el largo período de mis relaciones con ella, y notaba la enorme distancia recorrida desde que la conocí hasta aquel momento. ¡Cuán variada en dos años y medio! ¿Dónde habían ido á parar aquellas hermosuras morales que ví en ella? O era una hipócrita, ó yo era un necio, un entusiasta sin juicio, de éstos que no ven más que la superficie de las cosas. Asimismo pensaba que aquella transformación de su carácter era obra mía, pues yo fuí el descarrilador de su vida. Sus tratos irregulares conmigo escuela fueron en que aprendió á hacer aquellas comedias de liviandad, de enredos, de palabras artificiosas y de sentimientos alambicados. ¿Por qué la admiré tanto en otro tiempo y después no? La inconsecuencia no estaba en ella, sino en mí, en ambos quizás, y si hubiéramos sido personajes de teatro, en vez de ser personas vivas, se nos habría tachado de falsos sin tener en cuenta la complejidad de los caracteres humanos. Yo la oía, la miraba, diciendo para mí: «¿Eres tú la que me pareció un ángel? ¡Qué cosas vemos los hombres cuando nos atonta y alumbra el amor! ¡Y qué verdad tan grande dice Fúcar cuando afirma que el mundo es un valle de equivocaciones!»
Viendo que yo callaba, repitió, exagerándolo, lo del hábito del Carmen, el sotabanco y otras tonterías.