—Como no es eso lo que te pido —observé al fin—; como eso es un disparate, no hay que pensar en ello. Es un recurso estratégico tuyo. Te pido lo razonable y te escapas por lo absurdo. Si yo no quiero que seas cursi, sino que vivas con modestia, como vivo yo.

—¡Ah! —exclamó sosegada—, si no fuera este pícaro luto, pronto se resolvería la cuestión. La semana que entra nos casábamos, y el mismo día empezaba la reforma... Pero tú quieres invertir el orden, y yo, te lo diré clarito, temo que me engañes; temo que después de hacerme pasar por el sonrojo de una almoneda y de un cambio de posición, me des un lindo quiebro y me dejes plantada. Porque sí: detrás de ese entrecejo está escondida una traición, la estoy viendo... ¡Ah! no me la das á mí... yo veo mucho. Y si sale verdad lo que sospecho, ¿qué me hago yo? ¿Qué es de mí, con cuatro trastos, un pañuelito de batista, y sin otro porvenir que el de convertirme en patrona de huéspedes?

No pude menos de reirme, y ella, viéndome risueño, se puso á cantar la tonadilla de la Mascotte, con aquello de yo tus pavos cuidaré. Pasó la música, y sin saber cómo, nos hallamos frente á frente hablando con completa seriedad. Repitió entonces lo de «matrimonio es lo primero», y yo dije: «no, lo primero es lo otro.» Puesta su mano amistosamente en la mía, y mirándome con aquella dulzura que me había esclavizado por tanto tiempo, hablóme con el tono sincero y un poco doliente que había sido la música más cara á mi alma.

—Chiquillo, si quieres sacar partido de mí, trátame con maña; quiéreme y dómame. Pero lo que es domarme sin quererme, no lo verás tú. Estoy muy encariñada ya con mi manera de vivir, muy hecha á ella para que en un día, en una hora puedas tú volverme del revés, poniéndome delante un papelito con números. ¡Ah, los números! ¡Maldito sea quien los inventó!... Qué quieres, soy mujer enviciada ya en el lujo... No pongas esa cara de juez, después de haber sido mi Mefistófeles. Los placeres de la sociedad me son tan necesarios como el respirar. Un poco que yo tengo en mí desde que nací, y otro poco que me han enseñado... los amigos, tú, tú, tú; no vengas ahora haciéndote el apóstol... Sí: eres como los que todo lo quieren curar con agua... ó con números, que es lo mismo. Aquí tenemos al señor don Perfiles, que viene á que yo sea una santa, porque sí, porque él ha caído ahora en la cuenta de que la santidad es barata... Antes mucho amor, mucha idolatría, abrir mucho la mano para que yo gastara... Ahora todo lo contrario, y vengan economías. Ya no soy ángel, ya no se me dan nombres bonitos, ya no se me adora en un altar, ya no se me dice que por verme contenta se puede dar todo el dinero del mundo... Ahora se me dice que dos y tres no son más que cinco, ¡demasiado lo sé! y se me impone el sacrificio de una pasión sin compensarme con otra. ¿Sabes lo que te digo muy formal? Que si me quieres, todo se arregla: si te casas conmigo, cedo; pero si no, no. ¿Me quitas el lujo? Pues dame el nombre.

Después de echarme esta andanada, salió sin aguardar mi contestación, dejándome solo. Llamada por su doncella, pasó al guardarropa á probarse un vestido. Entre paréntesis, diré que ví con sorpresa en la persona de la sirviente la misma Quiquina, la italiana trapisondista á quien yo había despedido meses antes. ¡Y Eloísa la había admitido otra vez, contrariándome de un modo tan notorio! Era burlarse de mí, como cuando compraba perlas con el producto de los zafiros.

II

Y en aquel rato que estuve solo hice mental comparación entre el proceder de mi prima y el mío. Sí: por muy censurable que yo quisiese suponer su conducta, aventajaba moralmente á la del narrador de estos verídicos sucesos. Porque ella, al menos, obraba con lealtad, declaraba que el sacrificio de su lujo le era penoso; pero que lo haría si yo le cumplía solemnes promesas. Yo, en cambio, pedía la reforma de vida, reservándome mi libertad de acción; más claro, yo no la quería ya ó la quería muy poco, y al decirle «primero la mudanza de vida, después el casamiento», procedía con perfidia, porque ni sin economías ni con ellas pensaba casarme. Esta es la verdad pura: yo reconocí en mí esta falta de nobleza, pero no la pude remediar; no estaba en mis facultades ni en mis sentimientos obrar de otra manera. Deseaba el rompimiento á todo trance, y para que éste apareciese motivado por ella antes que por mí, gustábame verla en el camino de la obstinación.

Al reaparecer, abrochándose la bata, prosiguió desde la puerta el sermón interrumpido:

—No soy una fiera. Tú puedes domarme, pero no con el látigo de las cuentas. Amor á cambio de lujo. Pero si le quitas todo de una vez á esta infeliz, figúrate qué será de mí... Sigo en mis trece. ¿Me vas á dar tu blanca mano? ¿Te arrancas al fin, te arrancas?

—¿Qué estás diciendo ahí, loca? ¡Yo tu marido! —exclamé sin poder contenerme—. ¡Tu marido después de la confesión que acabas de hacerme... después que has dicho que cuatro trapos y cuatro cacharros te apasionan más que yo!