La idea de estar cerca de Camila me hizo dudar. Por un instante mi debilidad andaluza estuvo á punto de dar al traste con mi entereza inglesa; pero venció ésta y rehusé.
Camila se fué cantando. Iba á quitarse la mantilla y á dar un recado á Micaela. Nos quedamos solos Eloísa y yo con el pequeño, á quien besé con ardor.
—¡Pobre niño! —dije mientras él, apeándose, subía la silla que se había corrido á la barriga del caballo—. Aunque no nos hemos de ver más, me comprometo, con juramento que hago sobre la cabeza de este clavileño, á hacerme cargo de su educación y á costearle una carrera cuando su desdichada mamá esté en la miseria.
Eloísa volvió á otro lado la cara y no dijo nada. Con inquieta presteza, se puso Rafael á horcajadas. Yo le volví á besar... Entonces su madre, ella misma, sí, ¡cuán presente tengo esto! llegóse á él, y poniéndose de rodillas y rodeándole la cintura con su brazo, le dijo:
—Vamos á ver, Rafael, estate quieto un momento y contéstanos á lo que te vamos á preguntar. José María y yo nos vamos ahora de Madrid, nos vamos... él por un lado y yo por otro. (El chico miraba á su madre con profunda atención, y después me miraba á mí.) Tú no puedes ir á un tiempo con él y conmigo, porque no te vamos á partir por la mitad. ¿Qué te parece á tí? ¿Debemos partirte con un cuchillo? Claro que no. Has de ir enterito con uno de los dos... Vamos á ver, decide tú con quién vas á ir: ¿con José María ó conmigo?
Sin vacilar un instante, el niño me echó los brazos al cuello, hociqueándome primero y recostando después su cabeza en mi hombro como en una almohada. Cuando quise mirar á Eloísa, ya no estaba allí. Huyó la pícara. Oí el roce de su bata de seda, y nada más... Dejando al pequeñuelo en poder de Camila, que había vuelto á entrar, salí á la calle con vivísima opresión en el pecho.
XVII
Sigo narrando cosas que vienen muy á cuento en esta verdadera historia.