Parecerá quizás muy extraño que en una ocasión como aquélla mi primer pensamiento, al verme en la calle, fuera esperar á Camila para hacerme el encontradizo con ella é invitarla á dar un paseíto. La ingenuidad guía mi pluma y nada he de decir contrario á ella, aunque me favorezca poco. Mientras entretenía el tiempo en la calle, alargándome hasta la Plazuela de Antón Martín, ó dando la vuelta á la primera manzana de la calle de la Magdalena, reflexioné sobre lo que acababa de pasarme. La verdad, yo no podía estar orgulloso de mi conducta, pues si bien el rompimiento y el acto aquél de perdonar el dinero me honraban á primera vista (aun quitando de ellos lo que tenían de teatral), en rigor yo era tan vituperable como Eloísa. Así lo reconocí, aunque sin propósito de enmienda. Mi razón echaba luz, eso sí, sobre los errores de mi vida; mas no daba fuerza á mi voluntad para ponerles remedio. «Está muy bueno —me decía yo— que le exija virtudes que estoy muy lejos de tener... Pero los hombres somos así: creemos que todo nos lo merecemos, y que las mujeres han de ser heroínas para nosotros, mientras nosotros hacemos siempre lo que nos da la gana. Aquí lo natural y lógico sería que yo siguiera queriéndola como la quise, y que combinando hábilmente la disciplina del amor con la de la autoridad, la apartara poquito á poco de su camino para llevarla al mío. Esto es lo humanitario, lo digno, lo decente. Además, creo que no sería muy difícil. Pero no, yo me planto y digo: has de cambiar de vida de la noche á la mañana, porque yo lo mando, porque así debe ser, porque no quiero gastar dinero; y yo en tanto, hija mía, si te he visto no me acuerdo, y aunque sigo haciendo contigo la comedia de la consecuencia, en el fondo de mi alma te desprecio.»
¡Y aquella tunanta de Camila no parecía!... Ya me sabía de memoria todos los escaparates de la zona por donde andaba; ya había visto cien veces las abigarradas muestras del molino de chocolate, los pañuelos y piezas de tela de la tienda de ropas, los carteles de Variedades, los puestos de verdura y pescado de la calle de Santa Isabel. Oí en el reloj de San Juan de Dios las doce, las doce y media, la una... Yo no había almorzado y empezaba á tener apetito. No podía entretener el tedio de aquel plantón sino echando sondas á mi espíritu. ¡Ay, qué cosas hallé en tales profundidades! Navegando por entre el gentío de la calle, hallábame tan solo como en alta mar, y oía el murmullo sordo que me agitaba como el inextinguible mugido del viento y las olas. Siento desengañar á los que quisieran ver en mí algo que me diferencie de la multitud. Aunque me duela el confesarlo, no soy más que uno de tantos, un cualquiera. Quizás los que no conocen bien el proceso individual de las acciones humanas, y lo juzgan por lo que han leído en la historia ó en las novelas de antiguo cuño, crean que yo soy lo que en lenguaje retórico se llama un héroe, y que en calidad de tal estoy llamado á hacer cosas inauditas y á tomar grandes resoluciones. ¡Como si el tomar resoluciones fuera lo mismo que tomar pastillas para la tos! No: yo no soy héroe; yo, producto de mi edad y de mi raza, y hallándome en fatal armonía con el medio en que vivo, tengo en mí los componentes que corresponden al origen y al espacio. En mí se hallarán los caracteres de la familia á que pertenezco y el aire que respiro. De mi madre saqué un cierto espíritu de rectitud, ideas de orden; de mi padre fragilidad, propensión á lo que mi tío Serafín llama entusiasmos faldamentarios. Lo demás me lo hicieron, primero mi residencia en Inglaterra, luego mi largo aprendizaje comercial, y por fin mi navegación por este mar de Madrid, aguas turbias y traicioneras que á ningunas otras se parecen. Carezco de base religiosa en mis sentimientos; filosofía, Dios la dé; por donde saco en consecuencia que mi sér moral se funda más en la arena de las circunstancias que en la roca de un sentir puro, superior y anterior á toda contingencia. No domino yo las situaciones en que me ponen los sucesos y mi debilidad, no. Ellas me dominan á mí. Por esto, tal vez, muchos que buscan lo extraordinario y dramático no hallan interesantes estas memorias mías. ¡Pero cómo ha de ser! La antigua literatura novelesca, y sobre todo la literatura dramática, han dado vida á un tipo especial de hombres y mujeres, los llamados héroes y las llamadas heroínas, que justifican su gallarda existencia realizando actos morales de grandísimo poder y eficacia, inspirados en una lógica de encargo: la lógica del mecanismo teatral en la Comedia, la lógica del mecanismo narrativo en la Novela. Nada de esto reza conmigo. Yo no soy personaje esencialmente activo, como, al decir de los retóricos, han de ser todos los que se encarnan en las figuras del arte; yo soy pasivo: las olas de la vida no se estrellan en mí, sacudiéndome sin arrancarme de mi base; yo no soy peña: yo floto, soy madera de naufragio que sobrenada en el mar de los acontecimientos. Las pasiones pueden más que yo. ¡Dios sabe que bien quisiera yo poder más que ellas y meterlas en un puño!
II
¿Pero qué veo?... Ella al fin. Hacia mí la ví venir, alzando un poco su falda para apartarla de la suciedad de la calle de Santa Isabel.
—¡Camililla!... ¿tú por aquí? ¡Qué sorpresa!...
—¿Y tú, á dónde vas? ¿Vuelves á casa de Eloísa?
—No: iba á... ¡Pero qué encuentro tan feliz!
De fijo, los que quieren que yo sea héroe se asombrarán de que viviendo en la misma casa de Camila y pudiendo hablar con ella cuando me diese la gana, espiara sus pasos en la calle. Pero de estas rarezas é inconsecuencias están llenos el mundo y el alma humana. Tenía sed de lo imprevisto, y me lo procuraba como podía, es decir, previéndolo. Era, pues, un imprevisto artificial, ya que no podía ser del genuino, de aquél que tiene á la Providencia por propio cosechero. Porque aquella condenada pasión nueva nacía en mí con rebullicios estudiantiles, haciéndome cosquilleos románticos. La vanidad no tenía tanta parte en ella como en la que me inspiró Eloísa. Ya me estaba yo recreando con la idea de que mi triunfo, si al fin lo lograba, permaneciese en dulce secreto, y que sólo ella y yo lo paladeáramos, pues si en otra ocasión el escándalo me había sido grato, en ésta el misterio era mi ilusión. Púseme en aquellos días un tanto novelesco y un si es no es tonto, y mi fantasía no se ocupaba más que en imaginar bonitos encuentros con la mujer de Miquis, peligros vencidos, líos desenredados, tapujos, sorpresas, escenas teatrales en que el goce se sazonara con la salsa de lo furtivo y con esa pimienta dramática que rara vez aparece fuera de los bastidores de lienzo pintado. En fin, válgame la franqueza, yo estaba hecho un cadete, un seminarista, á quien acaban de quitar la sotana para lanzarle al mundo. Pensaba cosas que luego he reconocido eran puras boberías. ¿Qué más que seguir los pasos de Camila en la calle, ver que entraba en alguna tienda, entrar yo también, fingir sorpresa por verla allí, hacer el papel de que iba á comprar cualquier cosa, comprarla efectivamente, y después pagarle á ella su gasto? Y cuando creía encontrarla en un sitio y me llevaba chasco, ¡María Santísima, la que se me armaba entre pecho y espalda! ¡Cuántas veces, á prima noche, le tomé las medidas á la calle del Caballero de Gracia, desde la del Clavel á la Red de San Luis, esperando á que Camila saliera de casa de su cuñado Augusto, que vivía en el 13! Y la muy bribona no parecía. Sin duda yo me había equivocado creyendo que estaba allí. Observaba con disimulado afán la multitud, sorprendiéndome de que ninguna de aquellas caras fuera la que yo deseaba ver. El no interrumpido curso de semblantes, á trechos iluminados por el gas de las tiendas, á trechos embozados en tinieblas, me mareaba; y yo, impávido, mira que te mira.
De repente me salta el corazón. Veo á lo lejos una esbelta figura entre los bultos que vienen hacia mí. Un coche me la oculta; yo... ¡zas! á la otra acera... Acércome pensando en que es conveniente disimular la expresión ansiosa y fingir que voy tranquilamente por la calle... ¡Cristo de la Sangre! no es ella. Es una tarasca, que al pasar me mira, como si conociera el gran chasco que me ha dado. Entre tanto, me aprendo de memoria los escaparates de Bach y de Matute, y puedo dar cuenta de todo lo que hay en la pastelería, de todos los abanicos de Sierra y de todas las drogas, ortopedias y específicos de la botica de la esquina.
Fatigado de aquel ridículo trabajo, hago por fin propósito de retirarme. Aquello verdaderamente es impropio de un hombre como yo. Pero cuando me retiro, ocúrreme una idea desconsoladora. «¿Y si precisamente en aquel momento de mi retirada sale ella de la casa de Augusto?...» Vuelta á la centinela; vuelta á engancharme al árbol de aquella noria estúpida, de la que no saco ni un hilo de agua; vuelta á pasear, á ver caras antipáticas, á ver los aparatos de gas echando toda su luz sobre las tiendas, menos algún reflejo que cae sobre el piso lustroso y húmedo de la calle; vuelta á oir el estrépito de los coches sobre las cuñas de pedernal. Al fin, rendido de cansancio y sin esperanza de encontrar casualmente á Camila, me marcho...