Bien podía verla en su casa; ¡pero si allí estaba siempre el moscón de su marido, pegajoso, insufrible...! Y se pasaba toda la velada junto á ella como un bobo. Solían ir algunos amigos, y charlaban mil tontadas, ó jugaban á la brisca y á la lotería. ¡Cosa más necia no he visto en mi vida! Lo simpático de tal reunión era Camila, alma, centro y núcleo de ella. Cosía con atención tenaz, cantorreando entre dientes; decía á cada instante gracias y agudezas; se burlaba de todo bicho viviente, siempre fija en su obra y echándoselas de muy entusiasmada con el trabajo, que era una montaña de tela blanca, de trapos, recortes y cosas medio concluídas y vueltas á empezar. Le había entrado el capricho de las ocupaciones, y renegaba de no tener tiempo para nada. ¡Qué le duraría esta pasión! En aquella época se hacía de rogar mucho para ponerse al piano y divertirnos un rato con la música. Constantino inventaba cosas raras para entretener el tiempo: anticuados juegos de prendas, prestidigitaciones de las más inocentes, y, por fin, se ponía á imitar el mayido de los gatos y á representar una escena de riñas y galanteos gatunos, con lo que todos se morían de risa, menos yo, que no encontraba la tostada de tales sandeces.

Vuelvo á mi aventura. Aquel día que topé con Camila en la calle de Santa Isabel, la invité á dar un paseo.

—A pie, en coche, como quieras —le dije—. Siento que hayas almorzado. Si no, nos iríamos á un restaurant, al Retiro, á las Ventas, donde gustes. Está un día delicioso...

—Quita allá, tísico. ¿En qué estás pensando? ¡Yo á un restaurant! Por mí no me importaba; pero Constantino se pondría hecho un demonio... ¡Estaría bueno que después de haberle quitado el vicio de ir al café, lo adquiriera yo!

Y seguimos hablando.

—¿Vas de tiendas? Te acompañaré.

—Voy á comprar tela para hacerle camisas á mi mamarracho. Pero cuidado: si vienes conmigo no te empeñes en pagarme como otras veces... No lo consentiré. Mira todo el dinero que traigo.

Enseñóme su portamonedas, en que había mucha plata, algún oro y un billete muy sobadito, doblado en ocho dobleces.

—Estás hecha una capitalista. ¿A ver? ¡Chica...!

—Tengo para prestarte, si te ves en un apuro —me dijo cerrándolo de golpe, y acentuando el chasquido del muelle con un mohín muy gracioso de su hociquillo—. ¡Ajajá!... ¡tengo yo más guita...! Si te hace falta, no seas corto de genio, y tu boca será medida.