II
¿Pero qué veo?... Ella al fin. Hacia mí la ví venir, alzando un poco su falda para apartarla de la suciedad de la calle de Santa Isabel.
—¡Camililla!... ¿tú por aquí? ¡Qué sorpresa!...
—¿Y tú, á dónde vas? ¿Vuelves á casa de Eloísa?
—No: iba á... ¡Pero qué encuentro tan feliz!
De fijo, los que quieren que yo sea héroe se asombrarán de que viviendo en la misma casa de Camila y pudiendo hablar con ella cuando me diese la gana, espiara sus pasos en la calle. Pero de estas rarezas é inconsecuencias están llenos el mundo y el alma humana. Tenía sed de lo imprevisto, y me lo procuraba como podía, es decir, previéndolo. Era, pues, un imprevisto artificial, ya que no podía ser del genuino, de aquél que tiene á la Providencia por propio cosechero. Porque aquella condenada pasión nueva nacía en mí con rebullicios estudiantiles, haciéndome cosquilleos románticos. La vanidad no tenía tanta parte en ella como en la que me inspiró Eloísa. Ya me estaba yo recreando con la idea de que mi triunfo, si al fin lo lograba, permaneciese en dulce secreto, y que sólo ella y yo lo paladeáramos, pues si en otra ocasión el escándalo me había sido grato, en ésta el misterio era mi ilusión. Púseme en aquellos días un tanto novelesco y un si es no es tonto, y mi fantasía no se ocupaba más que en imaginar bonitos encuentros con la mujer de Miquis, peligros vencidos, líos desenredados, tapujos, sorpresas, escenas teatrales en que el goce se sazonara con la salsa de lo furtivo y con esa pimienta dramática que rara vez aparece fuera de los bastidores de lienzo pintado. En fin, válgame la franqueza, yo estaba hecho un cadete, un seminarista, á quien acaban de quitar la sotana para lanzarle al mundo. Pensaba cosas que luego he reconocido eran puras boberías. ¿Qué más que seguir los pasos de Camila en la calle, ver que entraba en alguna tienda, entrar yo también, fingir sorpresa por verla allí, hacer el papel de que iba á comprar cualquier cosa, comprarla efectivamente, y después pagarle á ella su gasto? Y cuando creía encontrarla en un sitio y me llevaba chasco, ¡María Santísima, la que se me armaba entre pecho y espalda! ¡Cuántas veces, á prima noche, le tomé las medidas á la calle del Caballero de Gracia, desde la del Clavel á la Red de San Luis, esperando á que Camila saliera de casa de su cuñado Augusto, que vivía en el 13! Y la muy bribona no parecía. Sin duda yo me había equivocado creyendo que estaba allí. Observaba con disimulado afán la multitud, sorprendiéndome de que ninguna de aquellas caras fuera la que yo deseaba ver. El no interrumpido curso de semblantes, á trechos iluminados por el gas de las tiendas, á trechos embozados en tinieblas, me mareaba; y yo, impávido, mira que te mira.
De repente me salta el corazón. Veo á lo lejos una esbelta figura entre los bultos que vienen hacia mí. Un coche me la oculta; yo... ¡zas! á la otra acera... Acércome pensando en que es conveniente disimular la expresión ansiosa y fingir que voy tranquilamente por la calle... ¡Cristo de la Sangre! no es ella. Es una tarasca, que al pasar me mira, como si conociera el gran chasco que me ha dado. Entre tanto, me aprendo de memoria los escaparates de Bach y de Matute, y puedo dar cuenta de todo lo que hay en la pastelería, de todos los abanicos de Sierra y de todas las drogas, ortopedias y específicos de la botica de la esquina.
Fatigado de aquel ridículo trabajo, hago por fin propósito de retirarme. Aquello verdaderamente es impropio de un hombre como yo. Pero cuando me retiro, ocúrreme una idea desconsoladora. «¿Y si precisamente en aquel momento de mi retirada sale ella de la casa de Augusto?...» Vuelta á la centinela; vuelta á engancharme al árbol de aquella noria estúpida, de la que no saco ni un hilo de agua; vuelta á pasear, á ver caras antipáticas, á ver los aparatos de gas echando toda su luz sobre las tiendas, menos algún reflejo que cae sobre el piso lustroso y húmedo de la calle; vuelta á oir el estrépito de los coches sobre las cuñas de pedernal. Al fin, rendido de cansancio y sin esperanza de encontrar casualmente á Camila, me marcho...
Bien podía verla en su casa; ¡pero si allí estaba siempre el moscón de su marido, pegajoso, insufrible...! Y se pasaba toda la velada junto á ella como un bobo. Solían ir algunos amigos, y charlaban mil tontadas, ó jugaban á la brisca y á la lotería. ¡Cosa más necia no he visto en mi vida! Lo simpático de tal reunión era Camila, alma, centro y núcleo de ella. Cosía con atención tenaz, cantorreando entre dientes; decía á cada instante gracias y agudezas; se burlaba de todo bicho viviente, siempre fija en su obra y echándoselas de muy entusiasmada con el trabajo, que era una montaña de tela blanca, de trapos, recortes y cosas medio concluídas y vueltas á empezar. Le había entrado el capricho de las ocupaciones, y renegaba de no tener tiempo para nada. ¡Qué le duraría esta pasión! En aquella época se hacía de rogar mucho para ponerse al piano y divertirnos un rato con la música. Constantino inventaba cosas raras para entretener el tiempo: anticuados juegos de prendas, prestidigitaciones de las más inocentes, y, por fin, se ponía á imitar el mayido de los gatos y á representar una escena de riñas y galanteos gatunos, con lo que todos se morían de risa, menos yo, que no encontraba la tostada de tales sandeces.
Vuelvo á mi aventura. Aquel día que topé con Camila en la calle de Santa Isabel, la invité á dar un paseo.