—A pie, en coche, como quieras —le dije—. Siento que hayas almorzado. Si no, nos iríamos á un restaurant, al Retiro, á las Ventas, donde gustes. Está un día delicioso...

—Quita allá, tísico. ¿En qué estás pensando? ¡Yo á un restaurant! Por mí no me importaba; pero Constantino se pondría hecho un demonio... ¡Estaría bueno que después de haberle quitado el vicio de ir al café, lo adquiriera yo!

Y seguimos hablando.

—¿Vas de tiendas? Te acompañaré.

—Voy á comprar tela para hacerle camisas á mi mamarracho. Pero cuidado: si vienes conmigo no te empeñes en pagarme como otras veces... No lo consentiré. Mira todo el dinero que traigo.

Enseñóme su portamonedas, en que había mucha plata, algún oro y un billete muy sobadito, doblado en ocho dobleces.

—Estás hecha una capitalista. ¿A ver? ¡Chica...!

—Tengo para prestarte, si te ves en un apuro —me dijo cerrándolo de golpe, y acentuando el chasquido del muelle con un mohín muy gracioso de su hociquillo—. ¡Ajajá!... ¡tengo yo más guita...! Si te hace falta, no seas corto de genio, y tu boca será medida.

—Tengo yo mucho más dinero que tú, tonta —dije con un candor que me habría hecho ridículo á mis propios ojos, si no tuviera en éstos las cataratas de la chifladura amorosa—. Y te quiero pagar la tela. Déjame á mí, tonta.

—No, que no... ¡por Dios!