—Si es un obsequio que quiero hacer á Constantino. Mira, compraremos más tela, y me harás á mí media docena de camisas.
—¡Oh! sí, sí —exclamó riendo y dando palmadas en plena Plazuela de Matute—. Oye: mi asnito sostiene que no sé hacer camisas, que no sé cortar el cuello, y que la pechera la dejo con más picos que un candilón. ¡Ya verá él si sé!
—Si es un tonto... ¿Qué entiende él de eso?
—Constantino es abrutado, macizote; pero créeme, es un ángel.
—De cornisa.
—No te rías.
—Si no me río.
—Me quiere muchísimo, me idolatra...
—Ya estás exaltada. Todo lo abultas, todo lo amplificas. Así eres tú.
—Es que tú eres un tísico, y no comprendes esto. Por muy alta idea que tengas del amor de un hombre, no sabes cómo me quiere Constantino. Se dejaría matar cien veces por su mujer. Jamás me dice una mentira, y tiene tal fe en mí, que si le dijeran que yo era mala no lo creería.