Sin poner gran atención en estos elogios del asnito, seguimos avanzando hasta llegar á la mitad de la calle del Príncipe. Entramos en la tienda, que era una camisería elegante, llena de chucherías preciosas y de novedades parisienses; veinte mil monadas de cerámica, metal y hueso que sirven para regalos y se pagan á elevados precios. Camila pidió telas, y mientras en el mostrador le medían y cortaban, yo estaba mirando aquellas bagatelas elegantes. De pronto, mi prima se puso á mi lado para ver y admirar conmigo los caprichos. Comprendí que se le iban los ojos; pero que se contenía para que yo no gastara dinero. Todo lo encontraba carísimo. Empecé á hacer compras, y me llené los bolsillos de paquetitos.
—Por Dios, ¡qué disparates haces! En la vida más vuelvo á entrar contigo en una tienda.
Quise pagar la tela, pero ella la había pagado ya. Me enfadé de veras.
—¡Qué cosas tienes! Tú sí que estás tonto.
Al salir, miróme seria, muy seria. Entró en La Palma á comprar unas cintas de color. Aquella segunda parada fué breve. Salimos pronto.
—¿Quieres que tomemos un simón?
—No —me respondió, poniéndose más bien grave, y quizás algo enojada—. Los de La Palma te han mirado mucho y me miraban á mí. Nada, no vuelvo contigo á las tiendas. Y no lo hago porque Constantino piense mal de mí. El pobrecito creerá que el sol sale de noche; pero que yo sea mala no le cabe en la cabeza... Lo dicho, no quiero nada contigo... Y todas esas chucherías que has comprado guárdalas para las querindangas que tengas por ahí, que yo no las tomo.
—Vaya si las tomarás.
Entramos en la calle de Sevilla.
—Es que... —me dijo echándose á reir con espontaneidad candorosa—. Es que parece que me haces el amor, que me quieres conquistar.