—¿Y qué?
—Cualquiera diría que te has enamorado de mí —dijo columpiando su mirada entre la gravedad y la risa.
—Pues diría la verdad.
—¡Vaya con lo que sales ahora! —exclamó decidiéndose por la risa—. Tú estás chocho.
Y empezó á hablar de Constantino, de las paces que había hecho con su suegra doña Piedad, del proyectado viaje á la Mancha, de cómo sería el Toboso, sin dejarme meter baza ni salir por donde yo quería. En esto llegamos á casa, y subí con ella al tercero. Constantino no estaba. Yo tenía una debilidad horrible, pues eran las dos y media y no había almorzado. Sobrepúsose en mí la necesidad de alimento á todo lo demás, y se lo manifesté con franqueza.
—Si te contentas con una tortilla y una chuleta, ahora mismo...
—¿Pues no me he de contentar? Y servida por tales manos...
—Pues ya estás sentado...
Salió para dar órdenes á su criada. Pronto la ví poniéndose un delantal blanco y azul. La casa no era ya lo que fué meses antes. Había más arreglo, y sin perder el sello especial de la personalidad tumultuosa de su ama, parecíame más casa, menos manicomio. Ya no había en ella perros sabios, ni otro animal que Miquis. En cuanto á Camila, si lo esencial de ella permanecía, había perdido muchas mañas muy feas, como el pedir billetes de teatro y otros excesos. En aquel curso educativo que se daba á sí misma, aprendió delicadezas que antes no conocía.
—No, no acepto tus regalos —me dijo bruscamente como si reanudara la disputa interrumpida, ó más bien dando una vuelta á la idea que se había fijado en ella—. ¡Vaya con tus regalitos...! Ya pasan de la raya. Dilo con toda tu alma: ¿es que me haces el amor?