Rompió á reir, pegó un brinco, le cogí al vuelo una mano; pero se me escapó y salió enfilando una carcajada. Yo sentía en mí felicidad expansiva, ganas de reirme también. La tortilla que me sirvió estaba abrasando. Me la comí, voraz, quemándome todo el gaznate; pero no hacía caso: el hambre, el amor no me permitían pararme en ello.
—Pues sí, Camila... tú lo has dicho.
Y vuelta á reir.
—Me alegro, me alegro —dijo cuando yo creía que se enfadaba—. Para que sepa Constantino el tesoro que tiene en casa, para que vea cuánto valgo, él que me adora, creyendo que ni él ni yo valemos un comino.
—Pero no me dejas concluir... —observé, tartamudeando y abrasándome vivo—. Es que... me tienes loco... ¡Jesús, qué fuego!... me tienes fa... natizado.
Pegó otro brinco. Salió como un pájaro que levanta el vuelo. Al poco rato la oí gritar desde la puerta del gabinete:
—Pues no te queda más recurso que éste.
Me apuntaba con el revólver de Constantino, diciendo:
—No creas, está cargado. Si quieres, ahora puedes curarte esa pasión con una píldora.
—No pienso usar tal medicina, porque tú al fin me has de querer, aunque sólo sea por lástima. Mira, haz el favor de no jugar con ese chisme. No me gusta ver armas cargadas.