Y siguió mostrando prendas ricas, hermosas, elegantes.
—¡Pero esa loca vivía como una princesa! —exclamaba María Juana, confundiendo en un solo acento, por modo extraño, el desprecio y la admiración—. Claro... pronto tenía que venir el batacazo.
—Hay aquí un sombrero —dijo Camila sacándolo, poniéndoselo y mirándose en el gran espejo de pivotes— que me está haciendo tilín. ¿Veis qué bien me está? José María, ¿qué tal?
Con los ojos le decía yo que estaba monísima.
—¿No es verdad que está diciendo: cógeme?
—Sí, hija: aprovéchate. Ella no lo usará más probablemente —le dijo su hermana—. ¡Qué ridículo afán de renovar las modas cada día!
—Para mí, para mí el sombrerito —repitió mi adorada, quitándoselo y acariciándolo—. Y hay aquí unos retazos con los cuales voy á sacar siete corbatas para Constantino. A tí te haré una también. Pero ¡quiá! no... No me volverá á pasar lo de las camisas.
Mi prima mayor no se hartaba de admirar trapos. De su boca salían alternativamente expresiones que no concordaban bien unas con otras.
—¡Qué mujer más loca! ¡qué sibaritismo estúpido!... ¡Pero qué cosa más elegante, qué chic! Da gozo ver esto...
—Micaela —dijo Camila apartando su botín—, haz el favor de ver si se han ido ya esos moscones.