Los moscones no se habían ido; pero la hermana de Cícero se estaba despidiendo ya. María Juana y yo pasamos al gabinete y nos sentamos juntitos en un diván. Ella estaba pensativa; yo también, atendiendo con disimulo á los movimientos de Camila, que entraba y salía á ratos.
—¡Qué enseñanzas tan grandes encierra este palacio! —me dijo la señora de Medina poniéndose la careta filosófica que había adoptado casi como una prenda de vestir, y que verdaderamente no le sentaba mal—. Esto enseña más que libros, más que sermones, más que nada. Mírate, mirémonos todos en este espejo... ¿Pero á dónde va á parar esta mujer, gastando siempre lo que no tiene, y dándose vida de princesa?... ¡Ah! lo que yo dije. Carrillo era un pobre simplín, y en tales manos mi hermana tenía que perderse. Si hubiera caído Eloísa en poder de un hombre como Medina, que es la prudencia, la rectitud andando...
Dando cabezadas enérgicas me mostraba yo conforme con estas sabidurías.
—¿No te da gozo de verte libre de la esclavitud de estas paredes? Escapaste de milagro, porque tuviste un buen pensamiento, una inspiración. Dí que no crees en el Angel de la guarda. Y ahora parece como que tienes la nostalgia de esta perdición; parece como que no quieres afianzar tu victoria ni ponerte á seguro de otra caída. Si te descuidas, ya estás otra vez por los suelos. Porque tú eres muy débil; tú no sabes vencerte; tú no eres como yo, que me domino, soy dueña de cuanto hay en mí y no hago nunca más que lo que me dice la razón.
La miré mucho y sonriendo, único modo de expresarle la admiración que aquella excelsa virtud me producía.
—No es para que te pasmes... Vosotros los hombres sois más débiles que nosotras. Os llamáis sexo fuerte, y sois todos de alfeñique. ¡Nosotras sí que somos fuertes! Ese maldito poeta inglés, ese Shakespeare, era de mi misma opinión. Lee el Macbeth... aunque supongo que lo habrás leído. Fíjate en aquel personaje, hecho de la miel del cariño humano; en aquel pobre hombre capaz de hacer el bien, y que hace el mal cuando la grandísima bribona de su mujer se lo manda; fíjate en ella, en Lady Macbeth, que es el nervio y el impulso de la acción toda en aquel drama de los dramas. En fin, que nosotras somos el sexo fuerte, y sabemos ser heroínas antes que ustedes intenten ser héroes. De todo esto deduzco que vosotros escribís y representáis la historia; pero nosotras la hacemos.
Aunque no podía ver bien claro á qué cuento venía todo aquello, expresé mi admiración otra vez con nuevos y más recargados aspavientos, ponderando el sentido crítico y lo escogido de las lecturas de mi prima.
—Eres una mujer excepcional —le dije, haciendo como que me entusiasmaba—; una mujer de cuya posesión...
Yo no sabía cómo acabar la frase. Busqué la sintaxis más sencilla para decirle: «No conozco ningún hombre digno de que tú le quieras de verdad. El que mereciera tal honra, debería ser la envidia de nuestro sexo, que tú con razón quieres se llame sexo débil.»
—No seas tonto, no veas en mí nada superior —replicó aventándose con modestia, de esa que se tiene á mano como un abanico para darse aire—. Como yo hay muchas. Sólo que no se nos encuentra así... á la vuelta de una esquina. Hay que buscarnos. Y el que...