Estábamos de rasgos, y yo no podía menos de sacar el mío. No me había acordado hasta entonces de socorrer á Eloísa; pero puesto que otro me echaba el pie adelante, yo me encalabrinaba un poco, queriendo ser el primero. Disputamos un rato, cada cual con nuestro tema.

—Te digo que haré lo que mi marido me manda.

—Te digo que no lo harás.

—¿Y tú qué tienes que ver...?

—Tengo que ver... que el socorro de Eloísa me corresponde á mí.

—No seas majadero.

—Pues no te empeñes: guárdate ese dinero.

—¡Qué pensará Medina!

—Nada, puesto que tú le dices que has cumplido su encargo.

—Claro... una mentira.