—Es venial.

—Ni venial ni mortal, caballero. ¿Qué piensa usted de mí?

—Pues arréglate como quieras...

—Pues mira, me guardo el dinero, y vaya esto sobre tu conciencia —exclamó con arranque y un poquito de elocuencia patética—. Contigo no valen los buenos propósitos. Eres el genio del mal, y corrompes cuanto se te acerca.

VII

Vimos pasar á Manolo Trujillo, á quien Camila conducía de la mano hasta la antesala, donde le esperaba un criado. El infeliz sonreía con tristeza, y en cada habitación dejaba un gran suspiro, cual si quisiera señalar su paso por ellas poniendo aquí y allí jirones de su alma. Hice señas á Camila para que no le dijese que yo estaba allí. No quería entretenerme. Poco antes había salido también la otra visita, y María pasó á ver á su hermana. Yo también pensé entrar; pero la borriquilla me dijo:

—Eloísa no quiere que entres. La señora no está visible más que para los ciegos... Dice que te des una vuelta por aquí mañana.

Yo no deseaba otra cosa, y me marché, no sin detenerme en el primer gabinete, fingiendo que tenía algo que hacer allí. Mi intención era esperar á Camila para echarle el guante cuando pasara y decirle algo. Pero no pareció, y aburrido me retiré. Aquella tarde supe por la criada que Camila fué á su casa á disponer sus cosas; pero antes de que Constantino volviera del paseo á caballo, ya estaba ella de vuelta en la calle del Olmo. Miquis estuvo toda la noche desesperado, diciendo:

—Ya no aguanto más. Si mi mujer me tiene en esta soledad otra noche, voy y me tiro por el viaducto.

Al día siguiente era mi santo, y recibí algunos regalos. Muy temprano mandé á Eloísa un magnífico ramo de flores, y á eso de las once fuí á verla. Micaela y Camila se reían en mis barbas, después de darme los días. «La enferma estará ya bien cuando andan los tiempos tan bromísticos,» pensé.