Ya iba á pasar, cuando mi prima me detuvo.
—Espere usted, caballero; no tenga usted el genio tan vivo.
Y diciéndolo, sacaba de una cómoda un gran velo de tul de seda.
—¿Qué es eso?
—La mortaja —respondió riendo á carcajadas, lo mismo que Micaela.
—¡Vaya unas bromitas de mal gusto!
Rafael salió á mi encuentro, y le dí los dulces y los juguetes que le traía.
—Ya puede usted pasar, caballero —me dijo la de Miquis saliendo de la alcoba.
Y entré con el niño en brazos. En la estancia había mucha claridad, y un fuerte olor de sahumerio. Parecía que se entraba en una alcoba de parida. Mi primera mirada fué para la cama, en la cual creía ver la destruída belleza de mi amor de antaño; mas no ví sino una cosa muy extraña que por de pronto me impresionó. Fué como cuando vemos inesperadamente un féretro. Y féretro pagano era aquello sin duda, como comprenderá el lector por la breve pintura que voy á hacer. En vez del cobertor ordinario, la cama ostentaba una colcha riquísima de raso azul bordado de oro, que se había salvado no sé cómo del desastre de la viuda de Carrillo. Esta yacía entre sábanas, envuelta la cabeza en aquel tul de seda que yo había visto poco antes, dispuesto con graciosos y elegantes pliegues. Al través de la diáfana tela, se veía y no se veía el rostro de la enferma. Los ojos lucían; pero las deformidades de la garganta quedaban disfuminadas y como perdidas en los cambiantes y tornasoles de la tela. Así de pronto, se veía la cara como si estuviera cristalizada en el fondo de uno de esos feldespatos que tienen reflejos de ópalo y ráfagas de nácar. Alrededor de la cabeza, Camila y Micaela habían puesto flores, muchas flores, sacadas del ramo mío y de otro que mandó Manolo Trujillo, esparcidas con arte y gracia, afectando lo que los retóricos llamaban un bello desorden. Bajo la colcha, se modelaba como un bosquejo de escultura el cuerpo de Eloísa, recto, y sobre el raso azul aparecían los brazos con mangas de finísima y olorosa batista, y luego las manos blancas y sedosas con ricos anillos en los dedos regordetes. En toda la estancia los búcaros más lindos de la casa ostentaban flores. Yo no tenía idea, hasta entonces, de la coquetería mortuoria.
—¡Famoso cuadro! —exclamé pasada la primera sorpresa—. Está bien ideado y bien compuesto.