—Ave María, chico: no me acompañas nada. Estás un ratito, por punto, y en cuanto pillas una ocasión te evaporas... yo cuento los minutos que estás aquí solo conmigo, y... de fijo que á tí te parecen siglos. ¡Ay! lo que va de ayer á hoy. ¡Qué tiempos aquéllos! Se me arranca el alma cuando me acuerdo. ¡Y tú tan fresco! Dirás que yo tengo la culpa. Es cierto; pero no hablemos de culpas. Siéntate ahí y dame conversación; cuéntame algo...
¡Y yo que no tenía malditas ganas de plática! Pero no había más remedio. Hablé, hablé de mil cosas tontas y hueras, deseando vivamente que le entrara sueño y me dejara salir. Pero ¡quiá! Mientras más me aburría yo, más se despabilaba ella. Pedíame noticias de mis negocios, de lo que hacía en la Bolsa, de mis ganancias. ¡Oh! hablando de dinero se entusiasmaba, excitándose mucho. Su pasión era el vil metal, viniera como viniese. Por fin, no sabiendo ya qué hacer ni qué decir, lleguéme al secreter que frente á la cama estaba y en una de cuyas gavetas tenía ella el dinero para su gasto diario.
—Estará la patria oprimida —indiqué abriendo el cajoncillo y viendo muchos cuartos, poca plata y bastantes papeles—. Chica, qué arrancada estás. ¿Qué veo? Papeletas de Peñaranda de Bracamonte... ¿Y billetes? Ni medio. Son las últimas astillas del naufragio... ¡Qué desolación!
Eloísa no chistaba. Entonces saqué un paquetito de billetes de veinticinco pesetas, y se lo puse allí sin decir nada. Ella debió de ver lo que hice, porque cuando volví junto al lecho, me dijo:
—Gracias á tí, no tendré que vender lo poco que me queda para mandar á la botica. Ya sabes que siempre se te quiere, aunque tú te hagas el interesantito.
Y vuelta al endiablado palique de negocios y de mis operaciones. Yo no tenía sosiego, porque sentía á Camila entrando y saliendo en el gabinete próximo, como inquieta. El asiento me quemaba, y habría dado no sé qué por poder dejar á Eloísa con la palabra en la boca y marcharme. Pero ella no ponía ni dejaba poner punto ni coma. Estaba hambrienta de conversación; y yo, rabiando de inquietud, excitado, el alma fuera de allí, pidiendo á Dios que entrase alguien para endosarle á mi interlocutora.
—Me parece —dije al fin— que tanto hablar ha de hacerte daño á la garganta. Mucho gusto tengo en conversar contigo; pero será mejor que nos callemos y que me retire, á ver si te duermes.
Lo mismo fué decirlo, que se puso hecha un basilisco.
—¡Siempre lo mismo! Si es lo que yo digo: te aburro. Estás aquí por punto, y no ves la hora de dejarme. ¡Qué desconsideración, viéndome enferma, consumida en esta miseria!... Confiésalo: ¿no es verdad que te soy antipática?
Yo no lo confesé; pero sí que me lo era. Digo más: en aquel momento la odiaba. Parecíame un sueño estúpido que yo hubiera querido á semejante mujer, y que aun en aquel caso la aguantara, por un sentimiento de delicadeza llevado al extremo. Disculpéme como pude, aunque debí de hacerlo muy mal, á juzgar por las quejas de ella. Al cabo, no pudiendo resistir más la impaciencia que me devoraba, salí con no sé qué pretexto. Pilar dormía en un sillón del gabinete. Creí oir la voz de Camila en la pieza inmediata, que estaba á obscuras. Pasé á ella, y... el vocerrón de Constantino fué lo primero que hirió mis oídos; sí, su odiosa voz que decía: «niña de mi alma, me muero por tí.» Como el pájaro salta de la rama al sentir ruido, así saltó Camila de encima de las rodillas de su esposo cuando yo entré. Fué un susto momentáneo, pues no habiendo malicia en aquella confianza matrimonial, se volvió á sentar sobre él y se hicieron los dos una bola delante de mí: con tanta apretura se abrazaban. Ella le cogía la cabeza como si se la quisiera arrancar, y le decía: «¡ay, mi asno querido! ¡qué rico eres!» Él la mordía, gritando: «te como;» y ella... ¡Mal rayo! Lo peor fué que se volvió hacia mí y me dijo: «Ya ves, José María: nos hemos reconciliado.»