—Ya podríais —repliqué, disimulando mi mal humor— dejar esas cosas para cuando estuviérais solos en vuestra casa...
—¡Miren el tísico éste...! ¿Pues qué hacemos de malo? Si es cosa natural...
—¡Digo... y tan natural...!
—Que no es lo que te crees... Si todo se reduce á querernos... Mira tú: no tendría inconveniente en hacer esto en la Puerta del Sol...
—Entonces, ¿por qué diste un salto cuando yo entré?
—Porque me asustaste.
—Vamos á ver, ¿y cuál de los dos ha pedido perdón al otro?
—Los dos.
—¿Y cuál era el ofendido?
—Los dos.