No sé qué vértigo me acometió al ver á Camila. Púsose á fregar la loza, diciendo:
—Esa girafa me dejó todo como ves, sin fregar... ¡qué tías!
Y yo la miraba embebecido: miraba sus manos coloradas y frescas en el agua, el movimiento rítmico que hacían los dos picos de la chambra al compás de los ajetreos de las manos, y, sobre todo, contemplaba su cara risueña, de una lozanía y placidez que no se pueden expresar con palabras. Entróme fiebre, delirio; la cuerda de mi espíritu vibró como si quisiera romperse. No pude contenerme, ni se me ocurría emplear, como otras veces, rodeos é hipocresías de lenguaje. Lleguéme á ella, llevándome mi silla en la mano izquierda; me senté junto al fregadero, todo esto rapidísimo... cogíle un brazo, y lo oprimí contra mi frente que ardía. La frescura de aquella carne y la dureza del codo, que fué lo que vino á caer sobre mi frente, producíanme sensación deliciosa. Todo pasó en menos tiempo del que empleo en contarlo, y mis palabras fueron éstas:
—Quiéreme, Camila; quiéreme ó me muero. ¿No ves que me muero?
Apartóse de mí, y con mucho alboroto de brazos y de palabras, me obligó á retirarme.
—¡Miren el tísico éste! Y si te mueres, ¿qué culpa tengo yo? ¡Ea! déjame trabajar. Si te pones pesadito, tendré que darte un tenazazo.
Después rompió á reir, y alargando el pie como si quisiera darme una puntera, se puso en jarras y me dijo:
—Pero ven acá, grandísimo soso. ¿No se te quita la ilusión viéndome así? ¿O es que con esta lámina estoy á propósito para sorberle los sesos á un príncipe? Claro... ¿quién que vea este piececito de bailarina no se volverá tonto por mí? ¿Pues este talle de sílfide... y estas manos? Yo pensé que podría hacerle tilín al aguador; ¡pero á tí!... ¡Si creí que al verme ibas á salir escapado gritando que te habían engañado! ¡Y ahora te descuelgas otra vez con que me quieres! Tú estás chiflado de veras. Caballero, soy una mujer casada, y usted es un libertino; quite usted allá, so adúltero, que quiere adulterarme. Vaya usted noramala... ¡Que te estés quieto!
Esto lo dijo blandiendo las tenazas, cuando yo volví sobre ella á expresarle lo más de cerca posible la admiración que me producía.
—Descalábrame... Te diré siempre que te quiero, que te adoro, que estoy ya enteramente loco, y que me moriré pronto, rabiando de cariño por tí... —exclamé defendiéndome como podía de las tenazas—. Ya que no otra cosa, dame la satisfacción de decírtelo, y de decirte también que me entusiasmas, porque eres la mujer sublime, la mujer grande, Camililla. Mereces ser puesta en los altares; mereces que se te eche incienso, que los hombres se den golpes de pecho delante de tí, borrica del Cielo, con toda el alma y toda la sal de Dios.