Creo que me arrojé al suelo, que quise besarle aquellas desproporcionadas sandalias medio rotas, que me golpeó la cara con ellas sin hacerme daño, que le besé la orla de su falda, que la abracé vigorosamente por las rodillas, que la hice caer sobre mí, que nos levantamos ambos dando tumbos y apoyándonos en lo primero que encontrábamos. Tan trastornado estaba yo, que no me dí cuenta de lo que hacía. Ella volvió á coger las tenazas y me amenazó tan de veras, que llegué á temer formalmente que me las metiera por los ojos.
Pausa, silencio. Yo en mi silla, recostándome con indolencia sobre la inmediata; ella destapando calderos, arrimando carbones, probando guisotes. Como si nada hubiera pasado, se puso á cantar en voz alta. Después me miró.
—¿Qué, todavía estás ahí? Pues sí: á mí no me pescas tú. Soy para mi idolatrado Cacaseno.
Y variando súbitamente de tono:
—Si vieras qué sorpresa le tengo preparada hoy... ¡Porque yo le doy sorpresas, y me divierto más...! El mes pasado le dí una... Voy á contártela. Tenía él un reloj muy malo, de plata; una cebolla que le regaló su tío el de Quintanar. Siempre andaba para atrás... en fin, que no nos daba nunca la hora. Era preciso comprar otro reloj, y Constantino se desvivía por tener un remontoir bonito, ligero... Yo le decía que más adelante; pero él no tenía paciencia, ¡pobrecito! Todos los días me traía un cuento. «Camila, hoy los he visto á doce duros, muy lindos, en los Diamantes Americanos...» «¿Pero, hijo, y dónde están los doce duros?» Pues nos poníamos á juntar, peseta por aquí, dos perros por allá. Yo le quitaba á él, y él me quitaba á mí, y poco á poco se iba reuniendo el dinero. Yo soy siempre la cajera. «Marcolfa, ¿cuánto tienes ya?» «¡No me marees, ya se completará!...» Por fin le digo un día: «Ya pasa de diez duros; la semana que entra te compro el remontoir.» Pero aquí viene lo bueno. Verás cómo juego con él. Es un chiquillo. Reunidos los doce duros, le digo una mañana: «Chiquito, ¿no sabes lo que me pasa? Que mi vestido azul está muy indecente. Me da vergüenza de sacarlo á la calle. No he tenido más remedio que comprarme once varas de merino para arreglarlo, y como no había de qué, he tenido que echar mano de los duros aquéllos. Despídete por ahora de ese capricho. Dentro de tres ó cuatro meses, se verá.» Él refunfuña un poco, arruga el entrecejo; pero en seguida se le pasa el enojo, y me dice que primero soy yo. ¡Pobretín! á la noche ya no se acuerda del dichoso remontoir sino cuando saca la cebolla para ver la hora, ¡y entonces echa un suspiro!... Y yo entre tanto, ¿qué crees que he hecho? He salido por la tarde, y más pronto que la vista, me he ido á la tienda y he comprado el reloj. Me lo traigo á casa, y mientras cenamos, le doy á mi marido bromas con el viejo, diciéndole: «Hijo, no tienes más remedio que apencar con tu patata.» Cenamos, nos acostamos. Yo no sé cómo aguantar la risa, porque he cogido el reloj, y envuelto en un papel lo he metido bajo nuestras almohadas. Apenas recostamos la cabeza los dos... tin, tin, tin, tin. Me tapo bien la cara, mordiendo las sábanas para no reirme. Me hago la dormida, y le siento á él inquieto. «Camila, Camila, yo oigo un ruido...» Y yo callada, respirando fuerte, casi roncando... «Camila, Camila, ¿qué anda por ahí?» De repente hago como que me despierto sobresaltada y me pongo á gritar: «¡Ratones, ratones!... ¡Mira, mira, uno me ha mordido la oreja!...» Él se levanta... enciende la luz. Pero yo, no pudiendo ya tener la risa, le digo: «Por aquí, por aquí, entre las almohadas... ¡Ay, qué miedo!» Él, que empieza á conocer la guasa, mete la mano, y... «Chica, chica, ¿qué es esto?...» ¡Qué fiesta! ¡cómo gozo viendo su sorpresa, su alegría y los extremos de cariño que me hace! Volvemos á apagar la luz... y á dormir hasta por la mañana.
Yo, medio ahogado por el culebrón que se enroscaba en mí, no podía reir con ella. Por fórmula debí preguntarle si aquel día tenía dispuesta una nueva sorpresa, porque siguió su cuento de este modo:
—Hoy le preparo una de órdago. Verás: hace tiempo que está deseando tener un barómetro aneroide. Desde que lee y se ha metido á sabio, le da por enterarse de cuando va á llover. Yo le digo: «Eso es muy caro. No pienses en ello. Que se te quite eso de la cabeza. ¡Ni que fuéramos príncipes!» Pero aguárdate. Hoy le he comprado ese chisme. Tiene dos termómetros por los lados: uno de agua encarnada, otro de agua plateada. Me costó seiscientos veinte reales, y lo tengo escondido para que no lo vea. ¡Cómo me voy á reir esta noche! Mira lo que he inventado. Pongo en el gabinete que está al lado de nuestra alcoba tres ó cuatro sillas unas sobre otras; ato una cuerda á la de en medio, la cual cuerda pasa por un agujerito de la puerta, y va á parar á la cabecera de nuestra cama. Cacaseno se acuesta; yo también. Apago la luz. De repente tiro de la cuerda, ¡cataplum! Figúrate qué estrépito. Yo me pongo á gritar: ¡ladrones, ladrones! Incorpórase él hecho un demonio, enciende luz... ¡Jesús qué miedo! Salta de la cama, va á coger el revólver, y yo digo: «Ahí, ahí, en el gabinete están.»
—Pero no veo la sorpresa.
—Es que la puerta del gabinete estará cerrada, y en el pomo del picaporte habré colgado el barómetro; de modo que no tiene más remedio que verlo al querer entrar... Entonces suelto el trapo á reir; él comprende la broma y suelta el trapo también, y aquí paz y después gloria. Nos dormiremos como unos benditos, y hasta otra. No te creas: él también me da sorpresas á mí; pero no tiene ingenio para inventar cositas chuscas como yo. Cuando me regala algo, lo trae escondido; pero en la cara le conozco que hay sorpresa. Frunce las cejas, alarga la jeta y dice con muy mala sombra: «¡Vaya unas horas de comer! Esto no se puede aguantar.» Yo, que leo en él, me hago también la enfadada, y me pongo á chillar: «Bertoldo, Cacaseno de mil demonios, si no te callas... Pero tú me traes algo: dámelo y no me tengas en ascuas.» Entonces saca lo que esconde y me dice riendo: «Si es sorpresa...» Yo, de una manotada, ¡pim!... se lo arrebato...
No la dejé concluir. El deseo de estrecharla contra mí, de comérmela á caricias era tan fuerte, que no estaba en mi flaca voluntad el contenerlo; deseo casto por el pronto, aunque no lo pareciera, nacido de los sentimientos más puros del corazón; deseo que si con algo innoble se mezclaba, era con la maleza de la envidia, por ver yo en poder de otro hombre tesoro como aquél. Y la cogí antes que se me pudiera escapar, haciendo presa en ella con un furor nervioso que me dió momentáneo poder.