—La señorita María Juana —añadió mi criado— ha subido hace un rato.

—Esta casa es hoy un infierno... ¡Maldita suerte mía! Abre, abre de una vez.

Retiréme á la sala, y desde allí ví entrar á Eloísa. Dió algunos pasos y cayó como cuerpo muerto sobre el banco del recibimiento.

—Ramón... llévale un vaso de agua, si quiere; y tú, Juliana, auxíliala también. Puede que tenga un síncope. Le pasará... Y si no pasa, que no pase... Allá se las componga.

Yo no sabía qué hacer ni qué decir. Parecióme que Eloísa no tenía síncope; conservaba el sentido, y lo que hacía era llorar, llorar mucho.

—Ramón... entérate de si la señorita tiene ahí su coche. Si no lo trajo, manda enganchar ahora el mío, y que la lleven á su casa.

—La señorita tiene abajo su coche.

—Bueno. Cierra la puerta para que no se enteren de estos escándalos los que suben y bajan.

Eloísa bebió un poco de agua. Sin duda se iba serenando. No podía ser menos. Estas iras pasan, y dejan en el espíritu un amargo y desapacible sabor, el recuerdo vergonzoso de las tonterías que se han dicho y de las brutalidades que se han hecho. Tras la cortina de la sala espié yo los movimientos de mi prima, y lo que hacía y hasta lo que pensaba. La ví levantarse del duro banco, suspirar fuerte palpándose y oprimiéndose el pecho como si el corazón se le hubiera salido de su sitio y quisiera ponérselo donde debe estar. Vaciló entre pasar á la sala y marcharse; pero se decidió al fin por esto. ¡Qué alivio noté cuando la sentí bajar, apoyándose en el barandal y mirando mucho los pasos que daba! «La lección ha sido un poco fuerte —pensé—; pero es preciso, es preciso...»

¡Gracias á Dios que estaba solo! ¡qué día! No había tenido tiempo de saborear aquel descanso, cuando... ¡Jesús mío! la campanilla. La oía sonar, agujereándome el cerebro, y decidí arrancarla de su sitio, hacerla mil pedazos para que no repicara más. «¿Apostamos á que es María Juana?» Porque sí, la campanilla sonaba con todo el estudio y la convicción de una campanilla ilustrada que sabe á quién anuncia. Era ella, no podía ser otra.