Entró en mi gabinete, y ¡qué cara traía, qué golpe de quevedos, qué mirar justiciero! Era una sibila de aquéllas que pintó Miguel Angel para expresar lo feas que se ponen las mujeres guapas cuando se enfadan y hacen profecías. En verdad, señores, lo extremadamente serio de aquel rostro prodújome efectos contrarios á los que él quería producir... Por poco suelto la risa.

—¿Qué hay? —le pregunté afectando calma.

—¿Qué ha de haber? Pues nada que digamos. Vengo de arriba. Un zafarrancho espantoso. Las consecuencias de tu carácter, de tu temperamento... ¡Y ha habido una persona tan inocente que creyó posible curarte, enmendar lo que tiene sus raíces en el fondo de la naturaleza, y hacer de un demonio un hombre...! La que tal pensó es más digna de lástima que las otras dos infelices, y por lo mismo que puso sus miras más arriba es la que ha caído más bajo... Estoy tan avergonzada por mí como por tí... Yo al menos tengo conciencia y veo mi bochorno; pero tú, ¿qué ves?... Eres un depravado, un monstruo, un condenado en vida. Daría... no sé qué por ver en tí un rasgo de nobleza. Pero no, no lo veré, porque no puedes dar sino frutos amargos... Has prostituído á la tontuela de Camila, quitándole lo único que tenía, que era su inocencia; has cubierto de ignominia al pobre Constantino, que es un alma de Dios, el ángel de los topos... ¡y tú tan fresco!... Responde, hombre; discúlpate, da á entender siquiera que hay en tí un resto de pudor, de dignidad, de cristianismo...

Hubiera podido contestarle muchas cosas y volver por la honra de su hermana; ¿pero á qué decir lo que no había de ser creído? Hallábame tan irritado, que no sabía resolver aquellas cuestiones sino cortando por lo sano. Me incomodó la sibila con su áspero sermoneo, tanto ó más que Eloísa con sus procacidades. Ante ella me sentí igualmente brutal que ante la otra, y ciego la cogí por un brazo lo mismo que había cogido á la prójima, diciendo con la ronquera de mi ira:

—¿Sabes que no tengo ganas de música, de filosofías ni de estupideces? ¿Sabes que te voy á poner ahora mismo en la calle, porque no puedo aguantar más, porque estoy hasta la corona de tí y de tu hermana?

Y haciéndolo como lo decía, tiré de aquella gallarda mole, que se dejó llevar aterrada, trémula, balbuciendo no sé qué conceptos trágicos, muy propios del caso y de su austera moral. Hícela salir, y cerré de golpe. María Juana no gritó en la escalera como su hermana. Con decoro aceptaba la expulsión y se vengaba con su dignidad. Era muy sabia y muy prudente para proceder de otra manera. Marchóse callada, haciéndose la víctima grandiosa y buscando lo sublime, que no sé si encontraría. Bajó las escaleras pausada y gravemente, como si fuera ella la razón desterrada y yo el error triunfante...

—¡Ramón!

—¿Qué, señor?

—Te nombro mastín —dije delirando—: ponte en la puerta, y al primer Bueno de Guzmán que entre, me le destrozas á mordidas.

Nada, que aquel día me había yo de volver loco. Bien caro pagaba mis enormes culpas. Sonó la fatídica campana otra vez... Ramón entró en mi gabinete, y me dijo muy apurado: