—Señor, don Constantino es el que llama. ¿Le abro?
—Sí, hombre... ábrele... en canal... Quiero decir, ábrele la puerta. Que entre; veremos por dónde tira.
Y cuando Miquis llegó á mi presencia estaba yo tan fuera de mí, que si me dice algo ofensivo, caigo sobre él y me mata ó le mato.
—¡Hola! ¿qué hay? —le pregunté, resuelto á afrontar la situación, cualquiera que fuese.
Constantino estaba pálido y muy agitado. Parecía rebuscar en su mente las palabras con que debía empezar.
—Tú traes algo —le dije—. Vomita esa bilis... franqueza, amigo. Luego me tocará hablar á mí.
Sus labios rompieron tras un esfuerzo grande. De la confusión de su mente y de las arrugas de su entrecejo brotaron estas cláusulas amargas:
—Pues... horrores en casa... Eloísa... Me han vuelto loco... ¡Que mi mujer me engaña! ¡que tú...! Camila se defiende. Yo no sé lo que me pasa; tengo un infierno en mi cabeza... porque si creo lo que me dicen de mi mujer, la mato, y si creo lo que ella me dice, mato á sus hermanas...
—No mates á nadie; no mates, hijo, y aguarda un poco.
—Porque yo vengo aquí —gritó como un energúmeno, poniéndose rojo y manoteando fuerte—, yo vengo aquí para decirte que, ya sea mentira, ya sea verdad, no hay más remedio sino que ó tú me rompes á mí la cabeza ó yo te la rompo á tí.