Hablamos también de inquilinos, y entonces fué cuando me dijo que los Miquis le habían pedido uno de los terceros.

—Se conoce que no quieren más cuentas con usted. ¿Y qué tal? ¿Estos pájaros pagan? Porque si no, les diré con buen modo que aniden en otra parte.

En un rapto de generosidad impremeditada, le contesté:

—Sí pagan; y si no pagan, aquí estoy yo para responder por ellos.

—Es verdad, hombre; no me acordaba de que es usted el caballo blanco... Pero se me ocurre otra cosa. ¿El señor de Miquis, con su armadura de cabeza, no me destrozará el techo de la casa?

Y rompió en una risa estúpida.

—No sea usted grosero —le dije sin disimular la cólera, y decidido á pegarle.

Recogió velas al momento, diciendo:

—No se enfade usted, amigo: es una broma; cosas que dice la gente... y que podrán no ser verdad; pero yo tengo una mala maña, y es que siempre las creo.

—Pues cree usted mil desatinos.