—Nada, si usted lo toma á mal, me desdigo.

No hablamos más del asunto. Desde aquel día se apoderó de mí la idea de romper el silencio con mis interesantes vecinos y dirigirme á ellos con ánimo grande y decirles: «Vengo, queridos amigos de mi alma, á pediros perdón del daño que os he hecho.» No pude resistir mucho este deseo, y anunciéles mi visita; pero siempre me traía Ramón la mala noticia de que los señores no estaban. Comprendí que no querían recibirme, y, por fin, subí resuelto á todo: á entrar atropelladamente ó á que me despidiesen.

Una criada desconocida salió á abrirme: no quería dejarme pasar; pero ví á Constantino en la puerta de la sala ó comedor, y me colé diciendo:

—No sé á qué vienen estas comedias conmigo... Constantino, vengo á lo que quieras: á ser tu amigo ó á rompernos la crisma, como gustes. Pero no puedo vivir sin vosotros.

Él, desconcertado, no sabía cómo recibirme. No había dado yo cuatro pasos dentro del comedor, cuando ví aparecer á Camila por la puerta del gabinete, diciendo:

—¡Ah! ¿está aquí el tísico?... Maldita la falta que hacía...

—Vengo á pediros excusas... —les dije, turbado como no lo estuve en mi vida—. Y otra cosa. Me han dicho que pensáis mudaros. No lo consiento... ea, que no lo consiento. Desde este mes tenéis la casa de balde.

Camila estaba seria; mirábame con ojos de enfado. Por fin se dejó decir con ironía:

—Sí, porque nos hace falta tu casa... Este tipo también nos quiere hacer gorrones. Constantino, dile lo que te dije... No: pegar, no. ¡A dónde iría á parar el tísico si tú me le echaras la zarpa!...

—Este señor y yo —repliqué sentándome y buscando el sendero de las bromas para salir de aquella situación— tenemos concertado un lance. Déjanos á nosotros, que nos entenderemos.