En Eslava nos tropezamos con mi tío Serafín, que se nos unió, y desde aquella noche fué de nuestra partida. A la mañana siguiente fuimos los tres juntos al relevo de la guardia, y seguimos á un regimiento al compás de la música. Mi tío Serafín confesaba con encantadora ingenuidad que él tenía que contenerse para no ir delante de las cornetas, en el tropel de inquietos y entusiastas muchachos. No paraban aquí nuestras puerilidades, pues nos sentábamos los tres en los puestos del Prado á beber un vaso de agua con anises, y cuando en cualquier calle pasábamos por junto á una obra en que estuvieran subiendo un sillar, nos deteníamos y no abandonábamos el plantón hasta ver la piedra en su sitio. Don Serafín era inspector de construcciones, y nos daba cuenta del estado de todas las de Madrid, así públicas como particulares.

Dicho se está que pasábamos un rato junto á la jaula de los monos en la Casa de Fieras, y que le hacíamos la visita de ordenanza al león. Otras veces tirábamos hacia la Cuesta de la Vega, á ver el viaducto por arriba y por abajo, ó á formar en el apretado corrillo de espectadores que presencian el juego de la rayuela en las Vistillas. Eramos los tres tristes triunviros trogloditas de la cencerrada de Raimundo. Pero lo más salado de nuestros paseos era cuando el tío Serafín guipaba á una criada bonita. Veíamosle todo carameloso y encandilado, avivando el paso y queriendo que lo aviváramos también nosotros.

—¿Habéis visto?... ¡Qué mona!... ¿No reparásteis qué ojos me echó?

Y seguíamos tras la fugitiva, hasta que la perdíamos de vista.

—¡Buen par de pillos sois! —decía mi tío Rafael, dejándose llevar, renqueando—; ¡pero qué pillos! Este Serafín es de la piel del Diablo... No perdona casada ni doncella...

Para distraerles á ellos y distraerme yo, les llevé algunos domingos á los toros. Tomaba un palco, y nos metíamos en él los tres, con más algún otro amigo. Mi tío Rafael se entusiasmaba con todos los incidentes de la lidia, y de sus ojos salían ríos. Serafín no hacía más que guipar á derecha é izquierda, buscando las caras bonitas. En la Plaza fué, bien lo recuerdo, donde Severiano me dió la noticia de que el Marqués de Flandes se había declarado también huído.

—¿A qué me vienes á mí con esos cuentos? ¡Ni qué me importa á mí!...

Pero aunque yo no quería saber nada, me contó la anécdota del día. No era preciso bajar mucho la voz, porque don Rafael, entusiasmado con su homónimo Lagartijo, no oía lo que en el palco se hablaba.

—Pues sí: Manolo Flandes ha salido para Francia con las manos en la cabeza, dejando muchos créditos sin pagar. La pobre Eloísa se encuentra otra vez en las uñas de los ingleses, y me temo que de esta vez me la han de ahogar de veras... Apencará al fin por Sánchez Botín, uno de nuestros primeros reptiles, y sin género de duda el primero de nuestros antipáticos...

Mandéle que se callara. A la salida de la Plaza nos encontramos á Sánchez Botín, que vino á saludarnos. Debí estar grosero con él. Era un hombre que me repugnaba lo indecible; odiábale sin saber por qué, pues jamás me hizo daño alguno. Era, sin género de duda, lo peorcito de la humanidad. Si hay seres que nos dan á entender nuestra afinidad con los ángeles, aquél nos venía á revelar el discutido y no bien probado parentesco de la estirpe humana con los animales. Viéndole y tratándole, me entusiasmaba yo con el Transformismo y me volvía darwinista, sin que nadie me lo pudiera quitar de la cabeza... Luego nos encaramos con Torres, que se vino á mi coche... Otro animal, pero inteligente y, si se quiere, simpático. Aquella tarde le ví más soberbio, fachendoso y soplado que nunca, vendiendo á todos protección, hablando muy alto con grosera petulancia. Me convidó á comer; mas no acepté. Prefería divertirme con mis queridos viejos niños, y nos fuimos á un restaurant, donde estuvimos hasta la hora de irnos á Lara. Mi tío Rafael se durmió en el palco como un bendito. Su hermano también tenía sueño; pero con aquello del guipar se despabilaba...