—Nada, nada —les dije, al fin de la pieza—: un huevecito y á la cama.
V
Aquella chochez prematura en que me encontraba habría durado mucho tiempo sin los sacudimientos que tuve en los últimos días de aquel mes. Fueron como latigazos que me despertaron, volviéndome á la vida normal y razonable. Medina, á quien encontré en la calle de Carretas una mañana, me dijo:
—Si el Perpetuo se hace á 60 á fin de mes, como creo, liquidaremos admirablemente. Por esta vez, ese perdonavidas de Torres no pondrá una pipa en Flandes, como dice Barragán.
Aquella tarde volví á la Bolsa. Corrían voces de que la liquidación del mes sería peliaguda, y estábamos á 28, víspera de San Pedro. El Perpetuo, que el 15 había estado por debajo de 59, se sostenía en 59,75, con tendencias á ponerse en 60. Partiendo del Principio aseguraba que le veía en 60,20, y Medina, ocultando su complacencia con la máscara de una frialdad estudiada, afirmaba lo mismo. El 30 se notaron violentísimos esfuerzos por producir una baja, pero sin resultado. París venía firme, y aquí abundaban las órdenes de compra. Torres se descolgó aquel día más risueño que nunca, tuteando al lucero del alba, echando el brazo por encima del hombro á sus amigos de éste y el otro corro. El 31 no le vimos; Medina y Cecilio Llorente se secreteaban. Este había hecho con Torres una gran jugada, de la que resultó que habiendo quedado el Perpetuo á 60 en cifra redonda, Gonzalo tenía que abonarle, por diferencias, más de un millón de pesetas. Yo perdía con el mismo Cecilio y otros unas setecientas mil; pero Torres me había de dar á mí doscientos mil duros. Era el mayor pellizco que yo había tenido entre mis uñas desde que andaba en aquellos trotes.
El 1.º de Julio, día de liquidación, fuí al Bolsín, en donde me encontré á Medina, que hablaba con Cecilio Llorente con cierto misterio. Mandáronme que me acercara, y á las primeras palabras que les oí vislumbré que no estaban tranquilos. El cobrador de Torres, un tal Rojas, no parecía; pero lo más grave era que tampoco estaba Samaniego, nuestro agente.
—¿Quién liquida por Torres? —gritó Llorente con todo el registro de su gruesa voz.
Silencio en las mesas. Al fin vimos llegar á Samaniego, el cual, por más que quiso disimularlo, traía en su rostro algo que no nos gustó. Díjonos que había visto á Torres la noche antes, y que no se había mostrado muy inquieto por las dificultades de su liquidación.
—Liquidará pasado mañana, lunes ó el martes —aseguró al cabo—. Lo tengo por indudable. Es que le coge una porción de millones de reales, y por bien que le vaya, siempre necesita un día ó dos para prepararse.
Por la tarde vino Medina á mi casa, y me dijo que estuvo en la de Torres y que había observado allí algo de tapujo. El criado no quiso abrirle, diciendo por el ventanillo que su señor había salido. Por fin abrieron, y la señora tampoco estaba en casa.