Volví á sentir el frío aquél por el espinazo.
—Pero usted está ido, amigo mío —observó Llorente—; permítame que se lo diga.
—Esta es la más negra —murmuró Medina, rascándose la oreja—. ¿Pero no le dije á usted?...
—Perdone usted: á mí nadie me ha dicho nada.
—Perdone usted...
—Hombre, que no.
—¡Dale! Se lo dije á usted el mes pasado, yendo juntos á Bolsa en mi coche. Se lo volví á decir el jueves por la noche, cuando me le encontré en la calle del Arenal en compañía de mi suegro y su hermano Serafín. Le llamé á usted aparte y le dije: «Venda sin perder un momento las Osunas... corren malos vientos.»
En efecto: vino á mi memoria el hecho que Medina afirmaba. Me lo había dicho, sí; pero yo, completamente ido, según ellos, y con el cerebro como una jaula, de la cual se me escapaban las ideas en figura de mosquitos, no había vuelto á pensar en semejante cosa.
—¿Pero qué hay con las Osunas?... —pregunté ansioso.
—Ahí es nada: un bajón horrible.