Y no podía ser de otra manera. Mi estado fisiológico era tal, que yo tenía que dar un estallido. Y lo dí al fin, y bueno. Después supe que estuve sin conocimiento desde las seis de la tarde del miércoles hasta el jueves á las diez de la mañana; que Ramón y el portero sintieron el golpe de mi caída y subieron alarmados; que al mismo tiempo salió á la escalera la señorita Camila; que al instante bajó Constantino en cuatro trancazos y me cogió, y cargándome como si yo fuera un talego, me llevó á mi casa; que me tendieron en mi cama creyendo que ya estaba muerto; que Ramón y la señorita Camila empezaron á darme friegas, mientras Constantino corría en busca de su hermano Augusto; que toda la noche se pasó en gran ansiedad, pues el médico ponía muy mala cara... Por fin, recobré la conciencia de mi sér, aunque al punto de recobrada eché de ver que mi resurrección no era completa. Algo se me quedaba por allá, en aquella lóbrega cisterna, simulacro de los abismos de la muerte, en que tantas horas estuve, revolcándome en tenebroso espasmo, del cual apenas quedaban vagas sensaciones musculares cuando desperté. Lo primero que hice fué moverme, quiero decir, intentarlo. De este reconocimiento resultó un fenómeno que al pronto no me hizo impresión; pero que poco después ocasionóme sorpresa, estupor, espanto. Yo no podía mover las extremidades izquierdas. Todo aquel lado ¡ay, Dios! estaba como muerto. Ramón debió leer en mi rostro la congoja de los esfuerzos que hacía, y quiso ayudarme. Ordenéle por señas que me dejara. Quería seguir en reposo para pensar en aquel fenómeno tristísimo. A mi mente vino una idea, con ella una palabra. Sí, me lo dije en griego para mayor claridad: «Tengo una hemiplejia.» La idea de la justicia, que rara vez deja de abrirse paso en nuestras crisis para alumbrarnos la conciencia, apareció muy luego: «Bien ganada me la tengo.»
Mi pena fué horrible. Tremendo rato aquél, en que la conciencia física me acusó con pavorosa austeridad, en que me rebelé contra la sentencia fisiológica y contra Dios que la daba ó la consentía, ¡no sé!... Sin derramar una lágrima, lloré una vida entera y deseé con toda mi alma acabar de morirme... Aún me faltaba la más negra. Quise hablar á Ramón, y la lengua no me obedecía. Las palabras se me quedaban pegadas al paladar como pedazos de hostia. Mis esfuerzos agravaban el entorpecimiento de aquella preciosa facultad, gastada, perdida tal vez para siempre. Intenté decir una expresión clara, y no dije sino ¡mah, mah, mah! Causóme tal horror mi propio lenguaje, que resolví enmudecer. Me daba vergüenza de hablar de aquella manera. ¡Ser la mitad de lo que fuimos, sentir uno que su derecha viva tiene que echarse á cuestas á la izquierda cadáver, y por añadidura pensar como un hombre y expresarse como los animales, es cosa bien triste...!
Augusto quería disimular la pesadumbre que mi estado le causaba; mas cuando oyó mi espeluznante mah, mah, mah, no le fué posible fingir tranquilidad. Híceme juramento de callar para siempre y no ofrecer á la estupefacción de oyente alguno aquel rebuzno mío, aquel bramido de Nabucodonosor condenado á arrastrarse por el suelo y á comer hierba... Todo aquel día lo pasé en una especie de estupor letárgico, que á veces tocaba en el sueño, sintiendo en mí algún alivio. Lo primero que me atormentó por la noche fué el sentirme horriblemente desmemoriado. Yo no me acordaba de todo, sino de algunas cosas, y de otras apenas tenía vagas nociones. Pero el prurito de recordar aquella infructuosa erección de la memoria, queriendo ser y no pudiendo; aquella dolorosa presciencia de nombres y sucesos, sin lograr determinarlos, me martirizaba lo que no es decible. Recordaba el caso de mi ruina, de la fuga de mi acreedor... pero no podía atrapar el nombre de Torres... Y veía ante mí algo como el esqueleto del nombre; pero le faltaba la carne, las letras. Toda la noche estuve buscándolas y no las encontré hasta por la mañana.
Pero el ejemplo más triste de esta pérdida de la facultad fué no saber quiénes eran aquellas tres mujeres á quienes ví la segunda noche, en fila delante de mí. Ofreciéronse á mi atención al despertar de uno de aquellos letargos, y me dije: «Yo conozco estas caras; las he visto en alguna parte...» Estaban las tres apoyadas en el tablero inferior de mi cama, grande como de matrimonio. Veíalas yo de medio cuerpo arriba, los brazos sobre el tablero, en actitud de estar asomadas á un balcón... La que estaba en medio tenía cristales en sus ojos, que brillaban en la penumbra de mi estancia con efecto semejante al que hacen en la obscuridad los ojos de los gatos. A su derecha estaba otra que me miraba también. Me pareció que á ratos se llevaba una mano á los ojos, y que en la mano tenía un pañuelo. ¿Por qué lloraría aquella buena señora?... Y era guapa. La de la izquierda me miraba con fijeza observadora y más bien curiosa que enternecida. Era morena, de muy acentuada delantera, esbeltísima... Nada, que aquellas tres caras y aquellos tres bustos no me eran desconocidos; pero mi cerebro ardía en un trabajo furioso de indagación, sin poder sacar en claro quiénes eran ni cómo se llamaban.
Por fin el corazón me alumbró, el corazón, que se puso á hacer cabriolas y me dijo: «Aquélla que está á tu derecha y á la izquierda de la de los lentes, es tu borriquita.» Fuí juntando ideas, casándolas y amarrándolas bien para que no se me escaparan... Camila, la sin par Camila, fué la primera que venció la anarquía de mi pensamiento y mi memoria... después Eloísa, la que lloraba; por fin María Juana, la sabia. Cuando las atrapé, diéronme ganas de decir algo. Pero tuve espanto y vergüenza de que mis tres primas me oyeran. No, antes reventar que darles muestra tan desapacible del lenguaje prehistórico. Eloísa fué la primera que se llegó á mí, rompiendo la lúgubre fila en que las tres estaban cual aves posadas en una rama.
Llegóse á mí para mirarme de cerca. Ví sus ojos llenos de lágrimas. Alguna creo que me cayó encima. Preguntóme que cómo estaba, y yo no dije nada. Noté al mismo tiempo que la sabia, sin moverse del centro del tablero, llevóse el dedo índice á sus labios y estuvo así un buen rato, parecida á una estampa de la discreción. Quería imponer silencio á las otras dos, pues también Camila se llegó á mí por el otro lado y me miró de cerca... ¡Qué ganas sentí de pegarle un beso, expresión casta y juiciosa del júbilo que me causaba el haber recobrado la conciencia del amor que le tenía! Preguntóme también que cómo estaba, y yo... mutis. «No oirás este mu del buey herido, prenda de mi corazón,» pensé, y pensándolo les hice señas de que se estuvieran allí, porque sentía cierto consuelo en contemplarlas. Eran mi historia, mi vida, yo mismo puesto en figuras, como un libro ilustrado.
II
Otra noche, Camila junto á la mesa donde habían estado sus botas (no sé si os acordaréis de esto), y á su lado Constantino. Ella cosía, y él leía un periódico. Cuando me sintieron mover, ambos me miraron. Camila vino hacia mí, dejando la costura, y me dijo: «¿Qué tal?» En mi sensibilidad fuertemente perturbada hizo aquel qué tal el efecto de un intenso olor de sales súbitamente aplicado á mi nariz. A punto estuve de hablar... ¡Desdichado de mí si lo hubiera hecho! El silencio había venido á ser en mí como una coquetería. Tuve serenidad bastante para dominarme, y sacando una mano, le tomé la suya y la llevé pausadamente á mis labios. Cuando le daba aquel respetuoso beso que fué como el homenaje que á los reyes haría el monárquico más sincero y leal, ví allí enfrente una mirada de Constantino, abrillantada por la próxima luz. No debía de ser mirada de celos; y si lo fué, ¿qué culpa tenía yo en aquel momento? La absoluta muerte de las facultades más características del hombre, me garantizaba una virtud perfecta. Yo podía ya ser hasta santo á poco que lo intentara. La borriquita, entendiendo mi homenaje, no retiró su mano. Pensé que debía de ser muy grande mi mal, cuando aquellos dos enemigos míos me perdonaban y aun venían á asistirme. «Sólo se perdona de este modo á los moribundos ó á los locos,» pensé.
Y á la mañana siguiente llegaron María y su marido, ambos obsequiándome al entrar con sendos suspiros. Medina no pudo contener los pruritos dogmáticos que se le vinieron de la mente á los labios, y dándome un apretón de manos, me dijo: «Eso no es nada. Se restablecerá usted pronto; pero sírvale de lección este arrechucho.» Y bajando la voz, inclinado ante mí, añadió lo siguiente: «Mi mujer tiene razón. Eso es el resultado de dejarse dominar por las pasiones y apetitos, en vez de vencerlos, como hace toda persona que merece el nombre de varón. Conque cuidado, y no echar la enseñanza en saco roto.» Mientras tal oía yo, ví á María Juana poniendo orden en varias cosillas que sobre la mesa estaban... Retiró á su esposo de mi lado, como reprendiéndole tácitamente por sus inoportunas observaciones, y se fueron. Por la tarde vino ella sola; se sentó frente á mí al costado de la cama, y me estuvo mirando como una hora seguida. Yo también la miraba. «¿Por qué no hablas?» me dijo al fin, estrechándome con amorosa fuerza la mano. Dile á entender que no podía, y entonces me trajo lápiz, papel y un libro para que escribiera sobre él. «Soy Nabucodonosor,» escribí, no sin trabajo. Y ella consternada: «¡Qué cosas tienes!... Verás cómo te curamos.» «Soy un animal, ladro...» escribí. Iba á decir que entre las tres me habían puesto así, la una por no quererme, y las otras dos por quererme demasiado; pero me faltó el pulso, y sólo pude escribir en un garabato: «Tú... culpa...» Leyólo un tanto indignada y rompió el papel, guardándose los pedazos.
¡Cómo podría yo pintar aquel inmenso tedio mío, y la pena de verme medio muerto, inmóvil, y de considerar que nunca más volvería á ser el hombre que fuí! En tal extremidad, la esperanza de la muerte venía á ser el único consuelo, y por fomentarla en mí resistíme á tomar las medicinas que recetaba Miquis. Administrábame revulsivos y enérgicos derivativos; y para que mi semejanza con un perro fuera mayor, dábame la estricnina. Pensé decirle por escrito que me diera de una vez la morcilla, para hacerme reventar. ¡Terrible trance verme en tanta miseria, rodeado de todas las prosas de la vida humana, no pudiendo valerme sin ajeno auxilio! Ramón y Constantino me movían de aquí para allí, cargándome como á un leño, y haciendo conmigo lo que las madres de más abnegación hacen con un pobre niño sucio, incapacitado é irresponsable. Admiraba yo la caridad de entrambos, y mayormente la de Constantino, que no tenía obligación de hacerlo, y lo hacía por pura lástima de mí. Dios se lo pagaría. Yo vivía, si vivir era aquello, en plena inmundicia, sintiendo un asco de mí mismo que no es comparable á nada. Era la conciencia física que me acusaba en aquella forma tan grosera como expresiva. Y aquel noble mancebo á quien yo había ofendido gravemente, hiriéndole en su opinión si no en su honor, era quien con más gallardía cuidaba de mí, afrontando aquellas repugnancias con ese valor de sentidos que no es menos meritorio que el nervioso valor llamado bravura ó heroísmo. ¿Por qué lo hizo? Porque le salía de dentro sin duda, y era vengativo á estilo de Jesucristo. Su mujer le incitaba también á ello con cristiano entusiasmo. Ya no podían temer que yo les deshonrara; yo era una cosa más bien que una persona, un pobre animal moribundo que ladraba, pero que ya no podía morder. Poco más viviría, á juicio de ellos. Su compasión, por tal motivo, me daba el golpe de gracia.