¡Y cómo me acordé, al verme en tales podredumbres, hecho una plasta asquerosa, de la enfermedad de Eloísa, de su horror á la fealdad y de sus esfuerzos por buscar postura bonita en su muladar! ¿Qué discurriría yo para hacerme el interesante en tan prosáico estado? ¿Qué arbitrios de coquetería morbosa y fúnebre inventaría para dar poético giro á mi situación, como cuando á ella se le ocurrió aquello del tul, que referido en su lugar queda? Nada, nada: mi calamidad pedestre é inmunda no tenía compostura posible. Para mayor desgracia se me había torcido la boca, y esto me causaba tal horror, que no me atreví á pedir un espejo para mirarme. La lengua no funcionaba: érame difícil pegar la punta de ella á la arcada dentaria superior, y de aquí que no pudiera pronunciar algunas consonantes. La deglución érame también algo difícil, y por esto... me repugna decirlo; pero violentándome lo diré para que lo sepáis todo: ¡se me caía la baba!

Mandó Augusto que me levantaran y me pusieran en un sillón, donde estaría mejor que en la cama. Entre Constantino y mi criado me vistieron como se viste á un muerto, y me sentaron, rodeado de mantas y almohadas. Debía de asemejarme, en mi inmovilidad, á una de esas figuras egipcias que parecen estar esperando la conclusión de lo infinito por la rígida paciencia con que sentadas están. A veces de mi boca caían hilos gelatinosos sobre mis manos cruzadas sobre el vientre. Entonces Constantino, ¡oh angelón incomparable! daba algunos pasos hacia mí, y con un pañuelo me limpiaba.

Si en esto de la asistencia tenía yo tanto que agradecer al marido de Camila, en otra clase de auxilios Severiano era mi hombre. Sin él no sé qué habría sido de mí, porque se constituyó en guardián de mis intereses, y tomó muy á pechos todo lo concerniente á los negocios míos, que habían quedado en suspenso el día de mi enfermedad. Él y Medina llevaban adelante con la mayor energía la acción judicial contra Torres y Samaniego. Ignorábase el paradero de Torres. El agente daba la cara, ofreciéndose también como víctima, y se prestaba á remediar el daño hasta donde alcanzaran sus fuerzas. Halléme en las peores condiciones para alcanzar justicia, pues antes que yo habían de cobrar los que, como Cristóbal, tenían la garantía legal de la publicación. Severiano consiguió que el Juzgado embargase la casa de la Ronda; pero he aquí que el contratista de la obra se echó encima de la finca, probando que no se le había pagado más que uno de los plazos de la construcción. En fin, que primero cobraría el contratista; después Medina, y luego Llorente, yo y los demás, si algo quedaba. De todo esto me informaba Severiano, atenuando lo desagradable, y dándome esperanzas que yo no podía tener. Todo iba mal, muy mal para mí, como veréis por lo que sigue.

A los cinco días del ataque noté alguna mejoría en el uso de la preciosa facultad de hablar. Emitía las vocales sin dificultad, y algunas consonantes no me costaban trabajo. Otras, como la te y la erre, se resistían. Nacía en mí, pues, la palabra, siguiendo el proceso ó desarrollo fonético de los niños. Educaba mi lengua como la educan ellos; mas hacíalo á solas, temeroso de parecer ridículo á los que me oyeran. Tal era mi estado, cuando Severiano vino á manifestarme que las letras que giré á cargo de mis arrendatarios de Jerez habían sido protestadas, y venían contra mí, con la añadidura de los gastos de resaca. Él hubiera querido ocultármelo y recogerlas del banquero que las tenía; pero sus tentativas para reunir el dinero eran infructuosas, y no tenía más remedio que decírmelo para que yo determinara. «¡Bonito porvenir! —pensé—. Hállome convertido en animal, y con tres pleitos sobre mí: uno contra Torres, otro contra los Hijos de Nefas y el tercero contra mis arrendatarios Manuel Roldán y su hermano. Daré poder mañana mismo para exigirles el pago. Les embargaré, les venderé hasta la última bota de vino.»

—No será difícil encontrar el dinero que necesitas hipotecando esta casa —me dijo Severiano—. Ten presente otra cosa, y es que el día 12 te vencen las letras de Tomás de la Calzada.

Estas palabras fueron como un martillazo en mi cerebro. ¿Qué tal estaría mi cabeza que se me habían borrado de ella las letras de Sevilla y hasta toda idea de que las Pastoras existiesen en el mundo? ¡Cuánto padecí en aquel momento al considerar que ni aun encontrando quien me prestase cincuenta mil duros con garantía de mi finca, podía yo conjurar la tormenta que sobre mí venía! Para pagar las letras de las Pastoras y recoger las devueltas de Jerez, necesitaba más de ochenta mil duros, y esto sin pérdida de tiempo, pues la casa tenedora de estas últimas era el Crédito Lyonés; y no teniendo amistad con el gerente ni con ningún consejero de ella, no podía esperar que me diesen la prórroga ó respiro que habría sido tal vez mi salvación. En estos casos las determinaciones acudían pronto á mi mente, aun hallándose, como se hallaba, enteramente desquiciada.

—Vete corriendo á ver á Medina —dije á Severiano, parte por señas, parte escribiendo y algo también con ladridos—. Es el único que puede... Veamos si quiere darme... cincuenta mil duros... Hipoteco esta casa...

III

Quedéme solo con Ramón, en la mayor ansiedad, rumiando mi desdicha. «¡Si al menos fuera un hombre, si al menos me obedeciera esta máquina estúpida!... —pensaba—. ¿Pero qué ha de hacer una bestia más que cocear, dar bramidos, comer el pienso y morder á alguien si la dejan?» Por más vueltas que le diera, no podría dominar el conflicto en que me hallaba; y en caso de que no encontrara un prestamista, las letras de las Pastoras se quedarían sin pagar, y yo deshonrado á los ojos de aquellas hidalgas personas. La aflicción que esto me produjo superaba al sentimiento y pesadumbre hondísima de mi enfermedad. Habría dado yo el lado derecho, que aún tenía vivo, por poder cumplir en aquel caso con lo que exigían mi honor y la altísima consideración que á las amigas de mi madre debía. «¡Pobres señoras, qué pensarán de mí! Dirán, y con razón, que me he comido su fortuna... No: esto no será, aunque tenga que vender la camisa. Aún puedo negociar los créditos á mi favor, aunque sea con pérdida de un cincuenta por ciento. Me quedaré sin un real y en situación de pedir limosna como esos infelices lisiados que se arrastran por los caminos; pero las Pastoras cobrarán... ¡pues no han de cobrar!...»

Y la maliciosa ironía de mi destino saltaba dentro de mí apuntándome la negativa: «No cobrarán; las dejarás en la miseria, y ambas serán los fantasmas que te persigan y te atormenten en tus últimos días. Porque Nefas no te pagará; de los Roldanes no verás un cuarto, y como no pleitees con Severiano, despídete de la hipoteca de las Mezquitillas... ¡Pobres inglesas! ¡Caer en la miseria al fin de su vida, sin más culpa que haberse fiado de tí, creyéndote persona formal!... En esta horrible situación de animalidad en que te han puesto tus vicios, mal hombre, te revolcarás impotente sin hallar consuelo en ninguna postura; y cuando te vuelvas de este lado, verás á la Morris dando lecciones de inglés para ganar la vida, ¡infeliz señora, anciana, medio ciega! y cuando te vuelvas del otro lado, verás á la Pastor pintando un cuadrito bucólico moral para rifarlo entre la colonia jerezana y malagueña de Madrid, á fin de sacar algunos reales con que atender al sustento. Y se llegarán á tí y te rascarán con la punta del palo de la sombrilla, porque tendrán lástima de tu padecer... Y aun te lavarán la jeta, que tendrás sucia de hocicar en la artesa en que se te echa la comida, porque no podrás ni sabrás comer con las manos como los hombres... Y aun te aflojarán la cuerda que se te ponga al pescuezo para que no te escapes; porque sábete que vas á ser animal dañino que correrás tras las mujeres y los niños para morderles... Y cortarán hojas verdes y frescas para ponértelas en el lomo y defenderte de las moscas... Porque ellas, en su pobreza, seguirán siendo las personas más cristianas del mundo, y vencerán su asco para compadecerte, y se impondrán el sacrificio de mirarte, como una penitencia de la falta enorme de haber confiado en tí.»