Así pensaba yo, y sudores de angustia me corrían por la cara abajo. Entró Camila á darme de comer, y aunque yo no tenía tranquilidad para nada mientras no viniese Severiano con buenas noticias, consagréme á la función aquélla con verdadero gusto, no sólo por ser mi prima quien me auxiliaba, sino porque de todo mi organismo sensorio, el único apetito que permanecía vivo era el que preside á la asimilación de los alimentos.

Y había que ver el cuidado con que mi borriquita, después de ponerme una servilleta por babero, me llevaba la cuchara á la boca ó el tenedor con los pedazos de carne, haciendo con sus morros, por instinto imitativo, contracciones iguales á las que yo hacía. A pesar del esmero que ella ponía en esta operación, yo, he de decirlo claramente, no comía con limpieza. Faltábame flexibilidad en los labios, y por mucho cuidado que tuviera para no dejar caer nada de la boca, algo se me caía siempre. Erame forzoso poner mucha pausa en aquel acto para estar en él lo menos desagradable á la vista que me fuera posible. ¡Qué lástima tan profunda se pintaba en el rostro de ella! Yo quería que mis ojos expresasen lo contrario de lo que se desprendía de aquella bestialidad grosera, y no sé si lo pude conseguir. Creo que no. Mis ojos no podían expresar más que el estupor del idiota y los anhelos de una gula repugnante. «Acuérdate, Camila —le decía yo con el pensamiento—, de cómo te quiso este cerdo cuando era hombre.»

No había yo concluído de devorar cuando entró Severiano. En la cara le conocí que me traía buenas noticias. «Si Medina no quiere arreglarlo —me dijo—, otro lo hará. Es un buen negocio... Tu casa vale más del millón. A Medina le he encontrado indeciso, con ganas de servirte, mas con poco dinero disponible por el momento; y como la cosa urge... Pero descuida, que ya se arreglará. ¿Y lo que falta luego para pagar las letras de Sevilla?... Hay que tener confianza en la Providencia, que no es tan perra como dicen.»

Observé con inquietud que Camila se daba aire como sofocada, que palidecía y cerraba los ojos. ¿Acaso estaba enferma? De repente salió; la sentí en mi alcoba. Hice señas á Severiano, que, pensando como yo, dijo:

—¿Se habrá puesto mala?

Mi amigo fué tras ella, y á poco rato volvió á decirme:

—Camila está... vomitando.

«Es que le he dado asco —pensé sintiendo un nudo horrible en mi pecho—. No tiene valor de sentidos como Constantino, y le falta estómago para cuidar animales enfermos.» No tardó en aparecer la borriquita, limpiándose las lágrimas y riendo. Con mis ojos alelados le pregunté como pude lo que tenía, y no quiso contestar. Pero no debía ser lo que yo me figuraba, porque siguió riendo y mirándome con piedad; y en un momento en que Severiano no estaba conmigo, me dijo, llevándose ambas manos á su esbeltísimo talle:

—Es que estoy...

Cogí el lápiz, y con cierto énfasis que no vacilo en llamar inspiración, escribí: «¿Belisario?»