No quise apartarla de aquel tema, en que tan espontáneamente se explayaba. Los recelos por la tardanza del otro la inquietaron de nuevo. Por fin le vimos aparecer solo dando zancajos.
—¿Has jugado? —le preguntó ella, impaciente.
—Jugar, ¿á qué?
—Al baccarat.
—¿Yo?... tú estás loca. Puedes creer que no.
—Lo creo, lo creo —dijo ella, rebosando de confianza—. No hay más que hablar. Pero hazme el favor de no volverte á juntar con ese lipendi. Es un perdido, que no ha tenido una fiera que le dome... Mira, mira qué bonito te has puesto.
—Si es la tiza, mujer; la tiza que se da á los tacos.
—No estás tú mal taco. En cuanto te separas de mí, ya no hay por dónde cogerte.
Augusto y su familia se nos reunieron, y nos volvimos á San Sebastián, ellos contentísimos, yo triste. Pero al día siguiente creí notar en Camila cierta tendencia á pensar demasiado en los vestidos y adornos de mujer que había visto. La esposa de Augusto y ella discutían con desusado calor sobre manteletas, pardessus, capotas y faralaes. ¡Si habría hecho el idilio trapístico más efecto que los otros! Porque yo la notaba un poco menos alegre, algo más atenta á cosas de vestir. ¿Se conmovería al fin aquella torre? «Quizás, quizás —pensaba yo—. Al fin tiene que ser de una manera ó de otra. Tú caerás cuando menos lo pienses.»