Pero un día resolvieron marcharse, y con mis ruegos no les pude detener. A Constantino se le acababan los dineros. Dije á mi querida prima que no se apurase por esto y que mi bolsa estaba á su disposición; pero ni por esas. «Tú empeñado en arruinarte, y yo en que has de ser rico. ¡Si al fin tendré que ser tu administradora...!» Ojalá lo fuera. Me causó maravilla verla hacer sus cuentas al céntimo y alambicar las cantidades. Unas veces de memoria, otras con ininteligibles garabatos, presuponía todos sus gastos y se sujetaba á un plan con toda firmeza. Se había vuelto avariciosa, y no se sabe las vueltas que daba á un duro antes de cambiarlo. Se fueron ¡ay de mí! dejándome en espantosa soledad.

De buenas á primeras, encontréme un día con María Juana y su marido, que después de pasar la temporada en San Juan de Luz, se detenían dos semanas en San Sebastián antes de la rentrée. Dígolo así, porque noté en la mayor de mis primas cierto prurito de decir las cosas en francés. Habían estado en Lourdes á cumplir una promesa. Rabiaban por tener sucesión, lo que Dios no les quería conceder, sin duda por haber decretado la extinción de los ordinarios de Medina por los siglos de los siglos.

Contra lo que esperaba, María Juana estuvo obsequiosísima conmigo. De confianza en confianza, se aventuró á hablarme de Eloísa, á quien puso cual no digan dueñas. Su conducta la tenía avergonzada. Era un escándalo. Al menos, cuando tuvo la debilidad de quererme, la vergüenza se quedaba en la familia. Y lo peor era que no se sabía á dónde iba á parar su dichosa hermana con aquella vida y su pasión del lujo. Estaba en la pendiente: ¿dónde se detendría? Hablamos luego de la Virgen de Lourdes, de lo bien arreglado que está aquello, de lo conveniente que sería que en España hubiera algo parecido para que no se fuese el dinero de los devotos á Francia, y para que la piedad y el negocio marcharan en perfecto acuerdo. Díjome que en Madrid iba á hacer propaganda para que á la más popular de las Vírgenes se le dedicaran peregrinaciones y jubileos, á fin de llevar dinero á Zaragoza. Había patriotismo ó no lo había. Yo me mostré conforme con todo. Volviendo á Eloísa, dióme pruebas de mayor confianza. Comprendía que una mujer, en momentos de alucinación, faltase á sus deberes por un hombre como yo, de buena figura (movimiento de gratitud en mí); pero no comprendía que hubiera mujer capaz de echarse á pechos (textual) el carcamal asqueroso del marqués de Fúcar, sólo por estar forrado de oro; un adefesio que había sido negrero en Cuba y contrabandista por alto en España, y que, por añadidura, se teñía la barba.

En tanto, Medina estaba afligidísimo. Los sucesos de Badajoz le habían llegado al alma.

—¡Qué horror! cuando creíamos que ese cáncer de los pronunciamientos estaba cauterizado... Así es el cáncer. Se le cree cortado y retoña.

El buen señor no hablaba de otra cosa. Su patriotismo sano y leal había sentido la injuria como un sér delicado que recibe una coz. ¡Y el mulo que la daba era el ejército, nuestro valiente ejército!

—Dios salve al país —exclamaba Medina con olozaguista concisión, juntando las manos.

El afán de saber noticias llevábale á él, y á mí también, á los círculos políticos de San Sebastián, á aquellos famosos ruedos de habladores, en cuyo centro suele verse un ex-ministro, y cuya circunferencia está formada de ex-directores y cesantes más ó menos famélicos. Cansados al fin de círculos, nos marchamos todos á Madrid. Por el camino, María Juana me manifestó que pensaba organizar su casa de otro modo; que había hecho algunas compras para renovar el mueblaje, y que fijaría un día de la semana para quedarse en casa. Esto me pareció muy bien. De concepto en concepto, llegó hasta indicarme que yo debía de ser muy desgraciado en mi celibato, y que me convenía casarme.

—Déjalo de mi cuenta —me dijo con cierto entusiasmo—. Yo te buscaré la novia.

Esto me hizo pensar, pero pensar mucho.