—¡Ah! —exclamé de pronto—, no me has dicho nada de lo único tuyo que me interesa. ¿Y tu hijo?
—Guapísimo: rabiando por verte, y preguntándome por tí. Mañana te le mandaré para que le tengas aquí todo el día. Has dicho «lo único tuyo que me interesa...» ¡Qué ingrato eres! Pues yo... siempre acordándome de tí, siempre diciendo: «¿qué estará haciendo ahora?...» Ni qué tiene que ver el corazón con... lo demás.
—Estoy admirado de tus ideas. ¡Vaya, que tienes una manera de ver las cosas...! Lo que digo, estás hecha una parisiense... A mí no me vengas con historias...
—Y á mí no me llames tú parisiense: ya sé lo que quieres significar con esos motes. Esperaba de tí consideración por lo menos.
—La tendrás, aunque no sea sino por memoria de lo mucho que te he querido...
—¡Ah!... ¡tiempo pasado! —murmuró, retirando el cuerpo para mirarme en actitud un poquito teatral.
—¡Y tan pasado...!
—Mira, canalla —gritó con repentino calor, tirándome del pelo—, no me digas que no me quieres ya, porque te corto la cabeza.
—Estás tú á propósito para que yo te quiera —respondí, esforzándome en mostrarle menos desdén del que sentía—. Ciertas locuras no se hacen más que una vez en la vida.