Diéronme ganas, primero, de echarla de mi casa. Pero aquel catonismo se me representó luego como una crueldad injusta, pues yo, si no era peor que ella, tampoco era mejor. Fuí indulgente; acordéme de aquello de la primera piedra; hícela sentar á mi lado, y hablamos. Noté que estaba vestida con extrema elegancia, de luto, y que se verificaba en ella, entonces como siempre, el fenómeno de conservar su tipo de señora española, á pesar de la asimilación de la moda parisiense. Eloísa adaptaba la moda á su manera de ser; era siempre la misma, y sabía imprimirse el sello de la distinción decente. Así había sido antes y así se ha mantenido después, aun en épocas de gran desvarío; quiero decir, que nunca ha dejado de parecer dama la que nunca lo fué ni por las costumbres, ni por la superioridad de inteligencia, ni por esa elegancia espiritual que tan diferente es de las que trazan las tijeras de las modistas.
Quise mortificarla diciéndole lo contrario de lo que estaba pensando acerca de su cariz de señora española:
—Estás hecha una francesa.
Esto le supo muy mal. Levantóse, miróse al espejo, y dando vueltas sobre sí misma para verse de espaldas, me dijo:
—¿Es verdad eso? Mira, lo sentiría mucho. Creo que te equivocas. No, no parezco una francesa. No me lo digas otra vez.
Sentándose de nuevo, prosiguió así:
—Ya estaba de París hasta la corona... He ido también á Lieja, á Spa, á Aix-la-Chapelle, y después á Colonia á ver la Catedral, que es muy grande, pero muy grande. Si te he de decir la verdad, no me he divertido nada.
Inclinándose zalamera, apoyó su hombro sobre el mío; dejóse ir hasta que su cabeza vino á apoyarse en la mía. Estos signos de reblandecimiento amoroso me desagradaron. En mí no despertaba ilusión, como no fuera ilusión momentánea, de las que sólo afectan á la superficie de nuestro sér. No quise alentar aquellos pujitos de cariño, y permanecí como un leño. Irguióse ella de súbito, despechada, y pasándose el pañuelo por los ojos, me dijo:
—Sé que vas á subir al púlpito á echarme los tiempos, á ponerme de vuelta y media... Suprime los sermones. Todo lo que tú pudieras decirme, lo sé; yo misma me lo he dicho, con palabras tuyas, sí; con palabras que me has enseñado á usar y que me parecía estar oyéndote... Sé que soy una mala mujer; pero qué quieres... el mundo, locuras, ambiciones, las cosas que se van enredando, enredando... Que hay muchas necesidades y poco dinero... Fué un remolino que me arrastró, fué lo que llaman los marinos un ciclón: dí muchas vueltas, sin poder luchar con él. Conque ya estás enterado, y lo mejor es que te tragues la píldora y seamos amigos.
El efecto que me causaba era el de una infeliz hermosa, muy hermosa, sí, pero muy traída y llevada. Repugnábame unas veces; otras me bullían deseos de no ser tan insensible á sus carantoñas.