Y desde la sala gritó:

—No, estoy sola.

Pero sentí algo que me inquietaba. Camila reapareció levantando la cortina, y entró al fin en mi gabinete. Mostraba cierta emoción.

—¿Pero qué escondites son esos? Tú no has venido sola.

—Es que —me dijo después de vacilar un rato— tienes ahí una visita.

—Pues que pase —repliqué levantándome.

—Dice que no se atreve... Tiene vergüenza...

Me asomé á la puerta. Era Eloísa la que allí estaba. En el mismo instante en que la ví, Camila echó á correr y se subió á su casa.

Entró la otra al fin en mi gabinete, tan cohibida, tan turbada, que yo también me turbé. Durante un rato, no muy corto, estuvo delante de mí sin saber qué cara ponerme ni qué palabras dirigirme. La sonrisa y el llanto luchaban por prevalecer en la expresión de su cara. Por último, lloró sonriendo y me echó los brazos al cuello.

—Haces mal en estar enfadado conmigo —me dijo hociqueándome—. Yo siempre te quiero. No me he olvidado de tí ni un solo día.