Y por aquí seguían. Medina era implacable: no carecía de autoridad para dirigir aquella campaña satírica, porque su casa era el templo de la exactitud financiera, y en ella no se conocía la farsa. Torres, que en su afán de criticar no perdonaba ni á su mejor amigo, me decía una noche, solos él y yo:
—No crea usted, Cristóbal tiene motivos para saber cómo andan las cajas de la grandeza. Las mermas de aquellas casas son los crecimientos de ésta. Figúrese usted que Cristóbal tiene una pajita en la boca; el otro extremo cae en la contaduría de Pepito Trastamara. Cristóbal hace así... aliquis chupatur, y se va tragando todo.
Después sacó del bolsillo del faldón de su levita un folleto, y hojeándolo añadió:
—Esta es la Memoria del Banco, con la lista de los accionistas que tienen voto en el Consejo. Mire usted á Cristóbal Medina figurando aquí con 1.250 acciones, cuando en la lista del año pasado no tenía más que 650.
III
—¿Qué te enseñaba Torres? —me preguntó María Juana un momento después.
—La lista de accionistas del Banco, en la cual figuras con mil...
—Mil doscientas cincuenta, si no lo llevas á mal. Nosotros sólo gastamos la tercera parte de nuestra renta. Mírate en este espejo y compara.
Me lo dijo con gracia. En efecto: yo me miraba en el espejo y comparaba, no pudiendo menos de señalar, en mi interior, á tal casa y familia como dignas de imitación. María Juana tenía un vestido obscuro, con preciosísima delantera de tela brochada, de un tono de oro viejo; el cuerpo admirablemente ajustado y ostentando encajes de valor. Estaba en realidad muy elegante, y nada tenían que envidiarle las de aquel otro mundo matritense tan cruelmente flagelado por Medina. En su persona sabía María Juana convertir en letra muerta las teorías de castellano viejo preconizadas por su marido. Muy santo y muy bueno que el portero no se rapara las barbas; que se conservasen en las comidas ciertos platos de saborete español, llegando el amor de lo castizo hasta servir de vez en cuando el cabrito asado á la Granullaque de Toledo; muy santo y muy bueno que se hiciese una religión del pago de las cuentas, que en el Teatro Real no bajasen nunca de los palcos principales á los entresuelos, que no hubiera en la casa boato estúpido, ni se diera de comer á troche y moche á tanto y tanto hambrón; muy santo y muy bueno que no pusiera allí los pies Pepito Trastamara, y que se evitase por todos los medios que la casa se pareciese, ni aun remotamente, á otras donde con mucho bombo, mucho platillo y mucho de high-life, quejábanse los criados de que les mataban de hambre; muy santo y muy bueno todo esto; pero ella, la señora de la casa, se vestiría siempre á la última, y del modo más rico y elegante, viniera ó no de extranjis la moda, y trajera ó no entre sus pliegues el pecado de la farsa y de las mariconadas francesas.
Nada más injusto que el dictado de ordinaria de Medina que la de San Salomó continuaba aplicándole. Verdad que mi prima se desquitaba muy bien y no tomaba en su boca á la maliciosa marquesa sin ponerla buena. Cuando la soltaba, no había por dónde cogerla.