—Si viene esta noche tu amigo Severiano —indicó mi prima—, le diré que venga á comer pasado mañana. Si no viene y le ves tú, díselo. La otra noche se divirtió mucho con Barragán, y como pasado mañana vuelve éste con su señora, quiero que tú y tu amigo no faltéis. Pero prométeme formalidad. Severiano es demasiado malicioso, y tú también. Le tomáis el pelo al pobre Barragán, que es, para que lo sepas, un excelente sujeto. Sus dos chicas son muy monas.
Me entraron fuertes ganas de reir, y le dije:
—Ya caigo, ya... ¿Apostamos á que la novia que me tienes destinada es la hija mayor de Barragán? Tú te has vuelto loca, María Juana. Aunque Esperancita me gustara, que no me gusta; aunque estuviera bien educada, que no lo está, y aunque me la diera Barragán forrada en todas sus acciones del Banco, no la tomaría, hija, porque además de las razones que tengo para no querer casarme, eso de ser yerno de No Cabe Más excede á cuantos suplicios puede inventar la imaginación.
—Cállate la boca, tonto —me contestó riendo también—. No es esa, no, la que te tengo destinada. La tuya es otra y no la has visto todavía, al menos en casa...
La inopinada aparición de don Isidro Barragán, que después de saludar á mi prima estuvo hablando un ratito con ella, nos impidió apurar el tema.
—Bárbara y Esperanza se nos han puesto malas esta tarde —dijo Barragán dando resoplidos.
—¡Pobrecitas! ¿Y qué ha sido?
—Nada, cosa del estómago... Las comidas de viernes no les caen bien... Pero Bárbara no quiere que en casa se falte á lo que manda la Iglesia, y yo le digo: «Partiendo del principio de que sea santidad eso de comer pescado en vez de carne, y yo lo pongo en duda; pero, en fin, lo admito; parto del principio de que... Yo digo: las personas delicadas ¿no deben estar exentas de cumplir esas reglas? Y no crea usted, tuvimos que llamar á Zayas. Dolores en la boca del estómago, vómitos. Al fin, paulativamente se han ido serenando. Bien merecido les está. Yo, como no creo en esas teologías, comí en casa del amigo Lhardy buen pavo trufado, buenas salchichas y unos bisteques como ruedas de carro... Hola, Cristóbal, ¿pero ha visto usted hoy...? Queda el Perpetuo por debajo de 59. ¿Qué dice Torres? ¿Ha habido malas noticias? Lo que ya sabíamos: otra sublevacioncita militar. Esto da vergüenza. Aquí no hay más que pillería, aquí no hay quien sepa gobernar. Yo fusilaría media España, y veríamos si la otra mitad andaba derecha. Porque vea usted —añadía tocándome ambas solapas y haciéndome retirar un poco, pues tenía la mala costumbre de echársele á uno encima—, si los hombres de negocios nos pusiéramos un día de acuerdo, todos compatos, y dijéramos: «ea, se acabó la farsa: desde hoy abajo la política de personas, y arriba la de los grandes intereses del país...»
—Seguramente que...
—Porque vea usted —prosiguió él sin dejarme meter baza—. Yo, que tengo dos mil doscientas cincuenta acciones del Banco, usted que tiene quinientas, es un suponer, otro que tiene mil, y otro y otro con tanto y cuanto, y Trujillo que gira diez millones de reales al año, y tal y cual, cada uno con su negocio... Suponga usted que nos reunimos todos y decimos: «hasta aquí llegó la farsa.» Se me dirá que es difícil que tantos intereses se pongan de acuerdo; pero yo, partiendo del principio de que no hay ningún hombre político que tenga dos dedos de frente, sostengo...