—No vayas á la alza mañana. Vendrá de París una fuerte baja. Hay muy malas noticias. Torres se lo ha dicho á Cristóbal.
Estas confidencias, por ser hechas muy cerca de Barragán y del mismo Medina, necesitaban del amparo del abanico, tapando las cotizaciones como si protegieran una sonrisa aleve.
Fiada del ascendiente que tenía sobre su marido, mi curandera iba desvirtuando poco á poco los programas de éste en lo tocante á las etiquetas ramplonas y castellanas. En sus vestidos, daba ella á conocer su anhelo de elegancia y variedad. De su mesa había desterrado paulatinamente los asados de cazuela, los salmorejos, las paellas y otros platos castizos, y, por fin, introdujo en la casa, con carácter de temporero, mas con idea de que fuese de plantilla, á uno de los mejores mozos de comedor que había en Madrid. Yo se lo proporcioné, á instancia suya, é hizo el papel de que creaba la plaza por favorecer á un honrado padre de familia.
—Ahora —me susurró— estoy batallando con Medina para que me ponga gas en el comedor.
—No hagas tal —le respondí—: el gas ha pasado de moda. Ahora el chic es que en los comedores haya poca luz, pues así se come mejor sin que se sofoque la gente. La jilife, como dice Camila, ha inventado ahora el alumbrar las mesas con bujías de pantalla verde. Parecen escritorios de casa de banca.
Al lunes siguiente, el comedor se iluminó con bujías de pantalla verde; pero había tantas, que hube de aconsejar á María Juana que acortase las luminarias.
—Es preciso —me indicó una noche— que me traigas á otros amigos tuyos, al general Morla, por ejemplo, que es tan divertido.
Y llevé al general, y habría llevado también al propio Saca-mantecas, si tanto mi prima como yo no temiéramos que era un pez demasiado gordo para que Medina lo tragase.
V
Como me aficioné tanto á la casa de Medina, concurría casi todas las noches, después de dar una vuelta por el Bolsín. A éste iba alguna que otra mañana, y después á la Bolsa hasta las tres. Mi coche me esperaba á la salida para llevarme al Retiro, donde me juntaba con Chapa y Severiano cuando ellos no paseaban á caballo. El general Morla me acompañaba á veces, para lo cual yo le recogía en su casa de la calle del Prado, y otros días almorzábamos juntos, bien en mi casa, bien en la suya, siendo para mí muy grata tal amistad. Tenía colecciones preciosísimas y mil rarezas que me mostraba con amor, amenizando la exhibición con la sal de sus incomparables cuentos.