Visitaba menos que antes, en aquellos días, la casa de mi borriquita, porque me parecía prudente un cambio de táctica. Hacíame el interesante y afectaba enfriamientos de mi pasión, mostrándome ante ella menos triste de lo que realmente estaba. Y quizás nunca fué tan grande mi desatino. Camila era mi idea fija, el tornillo roto de mi cerebro. Me acostaba pensando en ella y con ella me levantaba, espiritualizándola y suponiéndome vencedor de su obstinado desvío. A veces no me era fácil mi papel, y me clareaba demasiado con ella.
—Si enviudaras, Camila, si enviudaras —le decía—, al año eras mi parienta. ¿Sabes por qué trabajo ahora tanto? Pues porque quiero ser muy rico, muy rico, para cuando llegue ese día feliz. Y no lo dudes, llegará: el corazón me lo dice.
—Pues lo que á mí me dice —replicaba ella impávida— es que si Constantino se me muriera, me moriría yo también. Yo soy así. Cuando quiero, quiero de verdad.
—Esas cosas se dicen, pero luego resulta que... Viene el tiempo y consuela.
—Mira, mira, no me hables á mí de enviudar —respondía poniéndose colérica— porque te echo por las escaleras abajo. Constantino está bien fuerte; es un roble. Ya quisieras tú, tísico pasado, parecerte á él.
—¡Oh! verdaderamente, no resisto la comparación, sobre todo en el terreno físico...
—Ni en ningún terreno, vamos; ni en ningún terreno. ¡Vaya con el señorito éste...!
A lo mejor me la encontraba con una cara de Pascua que me hacía feliz.
—Me parece —decía secreteando, y despidiendo chispas de alegría de los dos braseros de sus ojos—, que ahora va de veras... Tenemos aquello.
¡Pobrecilla! Era feliz esperando y viendo venir á Belisario, su segundogénito, á quien yo aborrecía cordialmente antes de su dudosa concepción. Pero las esperanzas de Camila se frustraban. La Providencia se ponía de mi parte, y el tal Belisario se quedaba por allá.