—Si no me dejas hablar; si iba á decir que están muy bien...

—No están sino muy mal —declaró María Juana con la seriedad de quien acostumbra á poner la justicia por cima de todas las cosas.

—¡Muy mal!... ¿Y tú qué sabes?

—Lo sé, porque él me lo ha dicho anoche.

—No te enfades, Camila —indiqué yo, tratando de templar aquellas gaitas—. El corte de camisas es difícil: se necesita mucha práctica...

—Pues Constantino no usa más que las cortadas por mí, y no se queja. ¿Verdad, tú?

Constantino estaba entretenido viendo unas fotografías de caballos, y no hizo caso de la pregunta.

—En rigor no están mal —añadí—. El cuello no encaja bien, se sube un poco por delante, y la pechera se abulta, se abomba, figurando algo así como delantera de un ama de cría...

Las risas de María Juana desconcertaron más á la otra, que dió algunas pataditas.

—La culpa tengo yo por meterme á generosa. ¡Mal agradecido! Quita allá. No vuelvo á dar una puntada por tí. Permita Dios que cada puntada que he dado en las seis camisas, sea un picotazo en tu corazón y se te vaya agujereando como si te lo comieran los pájaros.