—¡Jesús, qué barbaridad! —exclamó la hermana mayor.

—Y nada más... ¡Vaya con el señor de los pechos planchados...! que le han de hacer las camisas los ángeles, y no han de tener ni una arruga... ¡Y quémeme yo las cejas para esto!

—Vamos, Camililla, no te enfades. No es extraño que el primer ensayo... Ahora te compraré más tela, y me harás otra media docena.

—¡Yo!... Que los dedos se me pudran si vuelvo á dar una puntada por tí. Te desprecio... altamente.

—Y nada menos que altamente.

—Y en prueba de ello, mira lo que voy á hacer. ¡Ramón!

Empezó á dar voces llamando á mi criado. Constantino le dijo:

—No alborotes, chica. ¡Que siempre has de ser así...!

Y como mi criado tardase en venir, fué ella á buscarle. Oímos su voz diciendo:

—Ramón, tráeme las seis camisas que le he regalado á tu amo.